La Feria de los Productos de León, que este año cumple 26 años, fue una muy buena iniciativa del PSOE, luego mantenida y potenciada por el PP y ahora reactivada otra vez por el PSOE. Es uno de esos raros consensos políticos, sociales y económicos que se producen en León y que nadie sabe cómo aplicarlos a otros temas. Hoy, la industria agroalimentaria supone el 10% de la economía provincial y genera unos 14.000 empleos. No está mal, pero no es suficiente para poner remedio al fantasma de la despoblación, tal y como reconocía el presidente de la Diputación, el socialista Eduardo Morán en su discurso de inauguración de la Feria.

Morán, hombre adusto, de pocas palabras, un tanto distante, poco emotivo o apasionado, acierta al asegurar que el desarrollo de la provincia no sólo depende de la agroalimentación sino que, además, hay que fusionar la gastronomía, el patrimonio natural e histórico y el turismo. Así es. Por ahí se debe ir, sin olvidar el desarrollo del cuarto sector, la Cultura, la gestión cultural en todas sus dimensiones.

Así y todo, el sector agroalimentario no es la panacea. Debe ir acompañado de otras muchas iniciativas. Esta misma semana se publicaba un informe que desvelaba que las multimillonarias inversiones en el plan de regadíos de Payuelos, con agua de Riaño, no han logrado fijar población en los pueblos beneficiados. Lógico. Primero, el agua de Riaño ha llegado con un gran retraso a grandes áreas rurales de la provincia y, en segundo lugar, al agua, junto a la tecnología, ha permitido que el agricultor se modernice y se urbanice, convirtiéndose en un trabajador que vive en la ciudad y acude diariamente a su puesto de trabajo en la explotación  agraria con un horario de oficinista.

Esta conversión del moderno agricultor en urbanita también ha sido una reacción al empobrecimiento de los servicios públicos en el mundo rural. Ahí está la última iniciativa de la Junta de cerrar los consultorios médicos en los pueblos pequeños. Lo único que se consigue con este tipo de propuesta es terminar de expulsar a las familias jóvenes del mundo rural. Si se cierran los consultorios, las escuelas, los cajeros de los bancos y si hasta los curas solo van ya una vez al mes a la parroquia, los pueblos están condenados a desaparecer, de forma irremisible.

Lo peor es que el ocaso de los pueblos pequeños está actuando como un tsunami que no sólo afecta ya a las cabeceras de comarca sino a las capitales de las provincias de la España interior. La capital leonesa pierde población, al igual que, por ejemplo, Valladolid. La decisión política del gobierno autonómico de Madrid de rebajar el IRPF a familias y empresas es una medida que atrae a inversores y empresarios de las provincias limítrofes, quienes encuentran en Madrid facilidades, anonimato, ayudas, infraestructuras modernas, última tecnología y apoyo a sus inversiones. Es un auténtico agravio comparativo contra el que las administraciones autonómicas y locales de León y de Castilla no pueden luchar al no tener armas eficaces que compitan contra un foco de atracción tan poderoso como es una rebaja fiscal de este tipo.

Y, ay, esta realidad constada ahonda en el sentimiento trágico del leonés, es decir en la eterna justificación de su pasividad y falta de emprendimiento basada en el  repetido dicho de que nos roban y nos marginan. Todos los males de León se deben al enemigo exterior. Un tópico falso. Es como si el leonés por naturaleza no tuviera talento y capacidad de emprendimiento y de riesgo. Puro complejo de inferioridad, muy consolidado, sobre todo, en la clase empresarial.