Transcurrido ya más de un mes de confinamiento forzoso como método eficaz  para luchar contra la pandemia del coronavirus, la primera valoración de la medida es el grandísimo dolor por las víctimas y familias de quienes han perdido la vida o luchan a brazo partido contra la enfermedad. En segundo lugar, el enorme vacío que está dejando una gran parte de la generación en torno a los ochenta años, principales víctimas de este  nuevo tipo de guerra globalizada del siglo XXI, personas mayores que sobrevivieron a una dura postguerra y, ahora, mueren convertidas en víctimas indefensas de la guerra bilógica. En tercer lugar, la toma de conciencia de que nunca, al menos en la época contemporánea, nos habíamos enfrentado a un reto tan descomunal, incierto, desconocido e imprevisible; tanta tecnología y globalización, para acabar siendo víctimas de las consecuencias descontroladas del progreso. Y, cuarto, el miedo evidente a lo desconocido en materia económica. Tres cuartas partes del mundo han parado sus máquinas de producción sin tener una alternativa contrastada para proteger a los más desfavorecidos. La crisis de 1929 del pasado siglo puede quedarse en una niñería y no por falta de recursos, inteligencia o dinero en estos momentos sino por la insolidaridad e individualismo de las personas y de las naciones.

España es un ejemplo. Los políticos no están a la altura de la responsabilidad que exige una situación dramática como la actual. Hablan con la boca pequeña de unos futuros Pactos de la Moncloa o de la Reconstrucción, pero invierten todas sus energías en descalificaciones mutuas. Convierten el dolor ajeno en armas arrojadizas entre ellos. Prometen homenajes y reconocimientos al personal sanitario que lucha en el primer frente de batalla, pero les han negado durante semanas los medios necesarios para ganar esa guerra. Y no solo se enfrentan entre ellos sino que, cada uno desde su lugar, hacen gala de una absoluta descoordinación, improvisación, incoherencia, egoísmo y ausencia de altura de miras. Y si esto sucede en pleno fragor de la guerra biológica ¿qué pasará cuando se gane la batalla contra el virus y haya que hacer un análisis riguroso, científico y realista de lo sucedido?, ¿está la clase política española preparada para un periodo de autocrítica?, ¿hay alguien ahí dispuesto a reconocer errores y asumir las consecuencias?

La verdad es que creo que nos hemos engañado a nosotros mismos en estos últimos cuarenta años. No, no tenemos una democracia de calidad. Ni hemos sabido generar nuevas generaciones de líderes políticos capaces. Ni nos hemos dotado de herramientas para hacer frente a emergencias tan colosales como la que nos hace sufrir ahora a todos en estos momentos. Ni hay liderazgo ni oposición a la altura que la crisis demanda. Ni hay una sociedad crítica que lo exija y lo demande.

Estamos otra vez al borde de un proyecto colectivo fracasado. Y esta vez en una doble vertiente: la nacional, la propia, la nuestra; y la europea, la de la Unión Europea. España puede fracasar a la hora de plantear unos pactos por la reconstrucción, pero las consecuencias serán mucho  más graves si no hay una respuesta solidaria europea. Echo de menos en España, a pesar de las sabatinas del presidente Sánchez,  discursos políticos como los que se oyen en Portugal o Francia, discursos de Estado, apelando al orgullo nacional y europeo, a  la unión. Lo resumía muy bien el francés Macron el otro día: Europa debe elegir si es un proyecto político o solo de mercado. Esa es la cuestión. La misma cuestión interna que, de una vez por todas, debemos abordar en España: ¿qué proyecto de nación, de Estado, queremos?