Dada la aversión mutua que se profesan los grandes partidos políticos españoles, claramente puesta de manifiesto en los dos últimos años y, de forma especial, en los tres meses de estado de alarma derivado de la pandemia del coronavirus, el hecho de que esta semana haya habido muestras no sólo de acercamiento sino hasta de acuerdos y saludos con los codos –símbolo de la nueva normalidad- es para abrir un resquicio a la esperanza de que este país –España- es gobernable y que la tan manida palabra de unidad no es sólo una utopía sino un proyecto realizable. A ver qué pasa.

Por de pronto es esperanzador que el Ingreso Mínimo Vital (IMV) haya sido aprobado en el Congreso con un respaldo parlamentario inimaginable hace tan solo unas semanas. Lo  mismo ha sucedido con el decreto de la nueva normalidad. ¡Y qué decir del acuerdo in extremis sobre la ampliación de la aplicación de los ERTEs hasta septiembre o las bonificaciones a los autónomos un trimestre más! Milagros ya hay pocos en una sociedad laica, así que hay que achacar estos logros a la capacidad de adaptación de la clase política.

O, bueno, que los políticos españoles han visto ya de verdad las orejas al lobo ese que representa un futuro a corto plazo negro, muy negro. Ahí están los informes que esta misma semana han hecho público tanto el Fondo Monetario Internacional (FMI) como el Banco de España. Ambos informes coinciden en lo malo: en que la contracción de la economía será brutal este año y que la recuperación va a ser más lenta de lo que se creía, por lo que la tasa de paro se puede disparar al 20%, la caída del PIB más allá del 22% y el déficit, bueno el déficit por las nubes, junto a una deuda pública que puede alcanzar el 130% del PIB.

¿Soluciones? Ya las hemos abordado aquí en pasadas semanas: unidad de acción, diálogo, consenso y huir de la confrontación. Entre otras poderosas razones porque la Unión Europea no va a conceder ningún beneficio económico a España si no se presentan unas cuentas claras de la situación real de la economía y un proyecto creíble de recuperación y reconstrucción. Y eso pasa por presentar este verano unas cuentas realistas de previsiones de ingresos y gastos y, sobre todo, unos nuevos presupuestos generales del Estado no más allá de octubre próximo.

Y, así y todo, va a ser muy difícil que Europa abra la mano con generosidad ante las necesidades acuciantes de España. Ojo, que sólo en financiar los ERTEs nos vamos a gastar 25.000 millones de euros que no tenemos. A esa enorme cantidad hay que sumar el coste del IMV, las ayudas a los autónomos, las prestaciones a los parados y la necesaria actualización de la sanidad pública, nos vamos a un gasto extra anual de unos 300.000 millones de euros. Dinero, que, insisto, no tenemos. Ni podemos conseguir a corto plazo salvo una inmediata y brutal subida de impuestos y unos recortes draconianos en los servicios públicos, lo que nos llevaría a una catástrofe social.

Así que como nadie quiere que España acabe como la Grecia rescatada de la pasada crisis financiera, la única opción es la unidad y el máximo respaldo político a los próximos presupuestos generales del Estado. Primero el  Gobierno debe hacer un proyecto de presupuestos realista, duro, pero realista y, luego, pedir apoyos. Es buena noticia que Ciudadanos esté dispuesto a sentarse a la mesa y a levantar sus viejas líneas rojas. También es positivo que el PP haya apoyado el IMV y la ley de nueva normalidad. Bastaría una abstención del PP y el apoyo de Ciudadanos para ir a Europa con criterios sólidos y, de paso, desprendernos del hartazgo del chantaje independentista.

Que Alemania apoye la candidatura de Nadia Calviño, la ministra de Economía, para presidir el Eurogrupo es otro indicador muy significativo del avance por el camino positivo. Europa debe salvar a Europa y España a sí misma con la ayuda de Europa. Ese es el camino.