No, la solución a la crisis económica derivada de la pandemia del coronavirus  no es la reedición de los Pactos de la Moncloa del año 1977. La solución debe ser más global, más europea. Los Pactos de la Moncloa sirvieron para encauzar la crisis económica de los años setenta derivada del aumento del precio del petróleo  y por la ruptura del sistema franquista de relaciones laborales. En aquellos Pactos se tomaron soluciones muy eficaces que hoy son imposibles, como la devaluación de la peseta o la regulación del despido libre. La inflación era superior al 26% y la huida de capitales era escandalosa.

De aquellos Pactos sólo una parte nos interesa ahora como ejemplarizante y tal y como ayer anunciaba el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez: la voluntad de consenso, de unidad y de decidida capacidad de entendimiento, tal y como en el año 1977 demostraron partidos tan dispares como el PCE de Carrillo o la AP de Fraga, por no hablar de la UCD de Suárez y el PSOE del aún joven y revolucionario González. Hubo altura de miras, política de Estado y mucha generosidad. Valores que hoy se echan de menos  entre la clase política actual en una crisis tan grave y desconocida como la provocada por la pandemia del coronavirus. Pero, sí, está bien que Sánchez hable de unos nuevos Pactos de La Moncloa. Hace falta unidad política para sentar las bases de la reconstrucción.

Está bien que Sánchez y partidos, como Ciudadanos, propongan reeditar los Pactos de la Moncloa, pero España hoy no tiene en sus manos las herramientas necesarias para salir de esta crisis. España depositó gran parte de su soberanía nacional en la Unión Europea. Por eso, hoy la solución debe ser global y más concretamente europea. O la Unión Europa ofrece una solución o se rompe. Ayer lo decía el presidente Sánchez: Europa no puede fallar. Sí, así de claro y contundente. Los británicos con su Brexit ya han enseñado la puerta de salida. Hungría, con su regreso al autoritarismo, también indica por donde no se debe ir. A ver qué pasa este próximo martes en la reunión que los ministros de Finanzas de la Unión Europea deben celebrar en Bruselas y en la que estará nuestro íntimo enemigo e insolidario europeo, el ministro de Holanda. Sí, el re-pug-nan-te rico del norte.

En este escenario de gran tensión europea, nuestros vecinos portugueses son quienes lo tienen más claro. Ayer mismo el presidente del Eurogrupo, el portugués Mario Centeno, en una entrevista concedida por vía telemática –bonita palabra de futuro-a cinco grandes periódicos europeos  aseguraba que “los préstamos de la Unión Europea deben respetar el sufrimiento de los ciudadanos”, en clara alusión a la desesperada petición de ayuda de países del sur,  como Italia o España, al borde de un colapso total tanto en materia sanitaria como económica.  Y Centeno enfatiza en que nadie va a venir esta vez a salvar a Europa, ni los Estados Unidos o China, como potencia emergente. “Debemos (Europa) ser nuestro propio Plan Marshall”.

Totalmente de acuerdo, Europa debe creer en sí misma y financiar su propio plan de salvamento y recuperación. O lo hace o se muere. Así de tremendo. Y la única herramienta posible es la instrumentalización de líneas de crédito sin condiciones. No estamos en una crisis al estilo de 2008 y 2009, donde países como Grecia, Portugal e Irlanda fueron rescatados a cambio de unas durísimas condiciones de recortes en servicios públicos, precariedad laboral y desprotección de jóvenes y mayores de 55 años. No se puede repetir ese modelo.

Este martes, los ministros de Finanzas de la Unión Europea van a reenfocar la solución el único camino posible: la disposición de una línea de crédito –sin condiciones políticas- de hasta 250.000 millones de euros, que se sumaría a otra línea de 200.000 millones de euros del Banco Europeo de Inversión (BEI) y a los 100.000 millones de euros para crear una red de protección de empleo. Más de medio billón de euros de solidaridad y sentido común.

Son cifras mareantes, que deben venir acompañadas de flexibilidad política en el necesario  incremento de la deuda pública de países como España, cuyo pago, sin intereses o con tipos súper reducidos, deberá hacerse a través de largos plazos de vencimiento y que afectará a generaciones futuras, como ayer también lo dijo Sánchez..

Para terminar me quedo, a  modo de conclusión, con una última reflexión del portugués Centeno: “Somos –la Unión Europea-  nuestra mejor y única línea de defensa. No podemos depender de Estados Unidos ni de ningún otro país (China). Ni siquiera es deseable. (…) Debemos ser nuestro propio Plan Marshall”. A ver si es verdad.