El Ministerio de Igualdad – o «Ministerio Feminista», tal como lo ha rebautizado su titular, la señora Montero – ha estrenado redes esta semana. Porque en la era de la política 2.0, las ruedas de prensa, el rigor o los comunicados serios han dado paso a una suerte de «Show de Truman» donde la vida cotidiana de nuestros representantes se ha convertido en un reality show que cumple a pies juntillas eso de que la realidad – tristemente – supera la ficción.

Sinceramente, tengo dudas acerca de si se trata de un burdo intento de acercarse a la ciudadanía o de mera propaganda, pero lo que sí sé es que la cosa empezó en Twitter y se nos ha ido de las manos.

Ha pasado poco más de un mes desde que Irene Montero asumió la cartera de un ministerio que, según el real decreto que lo aprobó, tiene como función «la propuesta y ejecución de la política del Gobierno en materia de igualdad y de las políticas dirigidas a hacer real y efectiva la igualdad entre mujeres y hombres y la erradicación de toda forma de discriminación» y que, a día de hoy, promete ser uno de los más mediáticos que dará la legislatura. Lo triste es que, si las cosas no cambian, ninguno de los titulares que protagonizará estará dedicado a un logro real en materia de igualdad.

Primero una renuncia a asumir la dirección general de Igualdad de Trato y Diversidad Étnico Racial en favor de una persona de color olvidando que por un lado, esa renuncia podía haberse manifestado antes de asumir el cargo pero se hizó así con una intención clara y por otro, que la capacitación y las aptitudes son las que deben determinar quién asume o no un cargo, independientemente de su raza, creencias o condición sexual, porque esa es la verdadera igualdad.

Después, el menoscabo a la ley y labor de la policía y la Guarcia Civil con esa desafortunada alusión a la «Sentencia de la minifalda», que recordemos se dictó en 1989 – cuando la actual ministra tenía apenas un año – y gracias a Dios sirvió para que la sociedad se diese cuenta de que las cosas tenían que cambiar porque algo así no podía repertirse.

Por último, esa serie de vídeos de apariencia amateur pero perfectamente estudiados: la visita al instituto de la mujer con su bebé, la celebración de «cumple» en la mesa del ministerio o su quedada con influencers que no dejarían de ser una anécdota si no recordasen el tono propagandístico – y he aquí una curiosa paradoja – del NODO. Porque en todos hay un denominador común: no hay debate, sólo un montón de acólitos que aplauden, sonríen y felicitan a Montero.

Y que nadie me malinterprete, yo soy mujer, soy feminista y aplaudí la creación de este ministerio allá por 2008, pero no me gusta en lo que se está convirtiendo. Esto no es feminismo, es propaganda. Estoy cansada de que un movimiento que nació para conseguir la igualdad de derechos y eliminar la dominación y violencia de los varones sobre las mujeres se haya transformado en una suerte de arma ideológica para justificar la politización o ideologización de casi todo.

Citaba Rosa Belmonte en uno de sus últimos artículos a Guadalupe Sánchez Baena que explica en su libro «Populismo Punitivo» que «Frente a las reivindicaciones legislativas igualitarias del feminismo liberal, que reclaman un trato igual ante la ley al margen de diferencias por razón de sexo, el identitarismo pretende hacer de esa diferencia una fuente de privilegios legales, aun a costa del menoscabo de los cimientos de la democracia liberal y el Estado de derecho».

He vivido y trabajado en Suecia y puedo decir con conocimiento de causa que tenemos mucho que aprender en lo que a conciliación e igualdad real se refiere, sólo espero que lo hagamos pronto. Porque soy madre de dos pequeños – un niño y una niña – y creo que a lo que deben dedicarse nuestros políticos es a hacer que, sea cual sea la forma en la que decidan vivir su vida, los dos sean tratados igual, tengan acceso a las mismas oportunidades y soporten las mismas responsabilidades en un país donde no sean necesarias las cuotas, las diferencias de baremo o la discriminación positiva.