Cataluña nos hiela el corazón, nos desgarra, nos sobrecoge. En todos los sentidos. La fractura ya es tan evidente que hasta los ciegos pueden verla. Aquí, en la España mesetaria y vaciada, a cientos de kilómetros del epicentro secesionista, sentimos impotencia. Miramos en busca de referentes y no los encontramos. ¿Y esto cómo se arregla? Se preguntan miles de paisanos en las solanas de las plazas mayores de los pueblos.

Crece de forma imparable un gran sentimiento de fracaso colectivo. ¿Estamos ante otro 98? Ay, dios mío. De aquel desastre vendría luego la tremenda catástrofe de gran parte del siglo XX español. Ahora corren vientos parecidos. Los populismos de todos los signos se ofrecen como los únicos salvadores. Y con crecientes apoyos populares, que se materializan en las urnas.

La clase política es, comenzando por la catalana y con el pirómano y felón Torra al frente, la gran exponente de este fracaso colectivo. Y ya no era cuestión de un bipartidismo agotado, como se creía hace unos años. Los nuevos partidos regeneracionistas sólo han aportado más de lo mismo, añadiendo algarabía, ruido y expectativas defraudadas. Por eso se corre de nuevo el peligro de que este sentimiento de vacío lo traten de ocupar partidos políticos extremistas y populistas. La gente sencilla, el ciudadano de a pie, no sólo anda desconcertado sino que empieza a tener miedo. Ve las barricadas ardiendo de Vía Layetana de Barcelona y se acongoja. Busca amparo y no lo encuentra. El presidente del Gobierno ofrece el cumplimiento de la Ley y el respeto a la Constitución. Pues, claro, faltaría más. Pero esa defensa hay que materializarla. Hay que tomar la iniciativa y no andar siempre a la defensiva y a la espera del movimiento del contrario.

Los efectos de la sentencia contra los políticos independentistas sediciosos se veían venir desde había meses. Lo que estos días se sufre en las calles catalanas es la reacción que se esperaba. Por eso, desde hace meses, hacía falta un Gobierno central fuerte, capaz de hacer frente al reto independentista. En cambio, lo que se ofrece como cortafuegos son unas nuevas elecciones generales por la imposibilidad de todos los partidos políticos de llegar a un mínimo acuerdo para formar Gobierno. Un Gobierno en funciones no es un Gobierno fuerte y mucho menos en plena campaña electoral.

Arde Cataluña y arden los corazones de millones de españoles aterrados por las consecuencias de una fractura social, política y económica que todos veíamos venir pero que nadie ha sabido frenar y reconducir. Las elecciones las carga el diablo, como bien conocen en carne propia británicos o italianos, por poner sólo dos ejemplos de líderes políticos que creyeron que unas elecciones o un referéndum les iban a fortalecer y no sólo salieron trasquilados sino que generaron en sus respectivos países las mayores crisis institucionales de los últimos tiempos. El Brexit y tipos como Salvini son los resultados de jugar con fuego en política.

¿Y ahora cómo se reconstruyen los puentes dinamitados por tanta ineficacia política entre Cataluña y el resto de España? ¿Cómo se hace para que los cientos de miles de catalanes independentistas que estos días han salido a la calle vuelvan a sentirse españoles? Habrá mil y una sentencia más de los tribunales, pero la solución debe ser política. La Justicia hace su trabajo pero no es la solución. Y yo no veo en los programas electorales de los partidos que concurren a las elecciones del  próximo 10-N propuestas sólidas y hasta osadas que ofrezcan una solución. No me duele Cataluña, me duele España.