A Rodolfo Martín Villa,

Que conste que me dirijo a usted hoy simplemente porque lo cierto es que las semanas de Navidad, políticamente hablando, han sido de todo menos “de paz” y porque, siceramente, hablar del espectáculo de los pasados días en el Congreso o de la más que probable investidura de mañana me resulta desolador… Aunque en parte, como “padre” que fue del Estado de las Autonomías, todo lo que está pasando ahora es un poco responsabilidad – casi podríamos decir “culpa” – suya.

Y no voy a hablar de otras autonomías – o visto lo visto últimamente, “naciones” – porque sería demasiado, voy a limitarme a hablar de la mía, si quiere, la nuestra. Porque ahora que, después esa moción de nuestro Ayuntamiento en su último pleno, tanto se habla de la autonomía de León – que tiene razones más que justificadas para, al menos, pedirla – duele pensar que fue un leonés, usted, quien «se la arrebató» en su momento desoyendo – o anulando en su propio partido – las voces discordantes en lugar de sentarse a escuchar los porqués de los que pensaban diferente (algo, por otra parte, tan arraigado en nuestra política).

Usted sabe que esta polémica no es nueva, esto no es algo que nazca de la rabia o de intereses de última hora… León ya mostró su rechazo a esta atípica autonomía – la única formada por dos regiones reconocidas como distintas y sin capital fijada en su Estatuto – antes incluso de que esta se “perpetrara”. Tirando de hemeroteca, se encuentra uno con titulares como “Martín Villa asegura que neutralizará el intento de separar León de la autonomía castellana”.

Usted, por aquel entonces presidente de la UCD leonesa – que disponía de mayoría absoluta tanto a nivel parlamentario como en la Diputación y en los ayuntamientos – se justificó diciendo que era necesario «fortalecer» la comunidad autónoma de Castilla y León frente a la alternativa de constituir un ente autonómico uniprovincial, que, en su opinión, carecería de fuerza suficiente en el conjunto de las regiones del Estado. Habría que preguntar a Asturias, Cantabria, Murcia, Baleares, Madrid, Navarra o La Rioja si creen que les hubiese ido mejor unidos a una región con la que llevaban en continuo conflicto desde principios del Siglo XI (casi siempre con algún Alfonso y algún Fernando de por medio).

Dicen que “mal de muchos, consuelo de tontos”, pero no me consuela ver cómo el Estado de las Autonomías ha sido, a mi entender, una buena idea que ha fracasado estrepitosamente en su ejecución. No defiendo el centralismo a bocajarro que algunos ven como solución, pero es cierto que creo que el estado de las autonomías necesita replantearse muchas cosas y trabajar no sólo por evitar duplicidades y gastos inútiles sino sobre todo, por reducir asimetrías en infraestructuras, impuestos y servicios que no sólo han acabado con la igualdad entre españoles –no creo que a estas alturas nadie se lleve las manos a la cabeza si digo que un niño no tiene las mismas oportunidades si nace en una comunidad que si nace en otra – sino que día a día siguen ampliando la amplia brecha que ya existe entre nosotros.

Por eso, aunque como leonesa el corazón me dice que León merece su “chiringuito”, no voy a hablar de las razones históricas y de toda índole por las que creo que nuestra provincia se merecería ser de facto una Comunidad Autónoma (a Zamoranos y Salmantinos habría que preguntarles su opinión antes de “anexionarlos” unilateralmente). Y no lo haré porque lo cierto es que no creo que la solución a nuestros problemas sea crear una nueva comunidad autónoma dentro de un sistema que como he dicho, a mi entender ha demostrado que no funciona y que necesita una revisión profunda. Y sí, confieso que desconozco cuál podría ser la solución visto lo inviable de poner a alguien de acuerdo en este – nuestro – país, sobre todo últimamente.

Eso sí, si nadie tiene pensado poner solución a esto – reconozco que no albergo demasiadas esperanzas – quizá deshacer su agravio, señor Martín Villa, no esté de más. Al menos, aunque poco, sería algo… y algo siempre es mejor que nada.