“Cataclismo económico”, así calificó ayer el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, la situación económica de España tras haber cerrado el peor trimestre de los últimos cien años. El segundo trimestre va a ser mucho peor, por lo que el año se cerrará con unas previsiones de auténtica tragedia y de urgencia social y económica: la economía caerá un 9,2%, el paro será superior al 19%, el déficit crecerá hasta el 10,3%  y la deuda pública se disparará por encima del 115,5% (1,2 billones de euros). Nos esperan dos años terribles, aunque 2021 será algo mejor que 2020. Ahora lo urgente es impedir que la crisis sanitaria convertida en crisis económica derive en crisis financiera. De ahí que el Gobierno haya anunciado una nueva línea de créditos ICO por valor de 24.000 millones de euros y que, al  mismo tiempo, el Banco Central Europeo haya decretado “barra libre” para prestar dinero a los bancos –y éstos a sus clientes- como para comprar deuda pública y evitar que se dispare la prima de riesgo. En este sentido, hay que recordar que España busca en los mercados internacionales financiación por valor de 300.000 millones de euros, unos 1.000 millones de euros al día.

¿Y cómo se va a financiar este gasto y esta deuda mayúscula? El Gobierno ya ha dicho que no va  a haber recortes ni ajuste de cinturones, no se va rebajar el salario de los funcionarios ni las pensiones y que tampoco va a subir impuestos ni tasas, salvo los ya planeados de la tasa Google y las transacciones financieras, lo que no deja de ser el chocolate del loro e insuficiente para cubrir el enorme desfase entre gastos e ingresos. De ahí que el Gobierno vaya a redoblar la inspección fiscal y la lucha contra el fraude, esperando recaudar unos 5.000 millones de euros. Totalmente insuficiente, claro.

Ante ese enorme agujero que se vislumbra, Sánchez anuncia tres remedios, como auténtico bálsamo de fierabrás: 1) Europa, a la espera de que la Unión Europea concrete de una vez por todas las tres líneas de ayudas por un importe global de 1,5 billones de euros para los países afectados en crisis debido al coronavirus. Falta por saber qué cantidad será auténticamente solidaria y a fondo perdido y cuánta serán préstamos y con qué condiciones, es decir si habrá o no rescate (préstamos a cambio de unos ajustes, reformas y recortes brutales, tipo Grecia hace diez años).

2) Diálogo social con empresarios, autónomos y sindicatos. Tres colectivos que dedican el 90% de su tiempo, energía y esfuerzo a pedir y tan solo el 10% a comprometerse en lo que están dispuestos a hacer de forma voluntaria  por este país. Que es el de todos. Al menos, podían equilibrar algo esos porcentajes. El último manifiesto de los empresarios de Castilla y León es un claro ejemplo. Parece que les ha hecho la boca un fraile. Está bien pedir pero también comprometerse a cambio con lo que se espera de ellos: inversión, riesgo y capacidad de emprendimiento.

Y 3) Unidad política para formalizar el pacto por la reconstrucción. La idea del pacto se ha ido diluyendo en los últimos días para desgracia de la sociedad española y ya, a estas alturas, hasta se duda de si Sánchez tendrá los apoyos suficientes para prorrogar el estado de alarma. No, la clase política no está demostrando estar a la altura de las terribles circunstancias. Impera más el cortoplacismo y el electoralismo. El sufrimiento de miles de españoles es solo alimento para la demagogia y ceguera de unos y otros.  En todos sigue imperando la estrategia del “Y tú más”.