Los frugales calvinistas del norte, liderados por el holandés Rutte, se han propuesto hacer sufrir a los países europeos del sur para lo que se acaban de inventar una nueva expresión que, seguramente, entrará en el vocabulario cotidiano: “freno de emergencia”. Se trata de soltar dinero a cuenta gotas a cambio de duras condiciones –sí, también ajustes y reformas- y cuando algún gobierno beneficiado por la benevolencia del norte se salga un milímetro de lo acordado se pueda echar el freno de emergencia, paralizar todo el proceso, cuestionar la gestión del afectado y romper la baraja. Chantaje puro.

Naturalmente me refiero a la cumbre europea de este fin de semana de jefes de estado y de gobierno de la Unión Europea. El objetivo era cerrar un acuerdo para reactivar la economía europea tras la crisis del coronavirus. Sobre la mesa, un paquete de ayudas de 750.000 millones de euros. Los calvinistas se han atrincherado en su postura de rebajar al máximo la cifra de millones a fondo perdido, es decir de subvenciones directas, y elevar la de préstamos, sí, a bajo interés pero con condiciones que no vienen a cuento, como la reforma – a la baja- de los pensiones.

Los holandeses ponen sobre la mesa, además, mantener su cheque compensatorio en los presupuestos de la Unión, es decir una rebaja en su contribución a la caja única. No les vale con ser un semiparaiso fiscal sino que quieren contribuir con menos dinero a la solidaridad europea a pesar de ser un país rico, próspero, acomodado y temeroso de los preceptos divinos, según los cuales cuanto más atesores en la tierra más facilidad tendrás para ir al cielo.

La negociación está difícil y cruda para España: habrá rebajas y duras condiciones para poder acceder a esos millones de euros que tanto necesitamos para impulsar la nueva normalidad y reactivar la economía en base a los nuevos criterios de sostenibilidad y disciplina fiscal.

Sigo a ratos las negociaciones de Bruselas mientras asisto al ensayo general de la obra de Lope de Vega “La discreta enamorada” en el palacio de los Oviedo (S. XVI)  –bueno, ahora de Villarreal- en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro, que interpreta la compañía “Corrales de Comedias de Almagro”. Una típica comedia de enredo, dobles intenciones, confusiones, malentendidos, equívocos,  y disfraces para simular lo que no se es. Y me imagino al maligno holandés Rutte convertido en el capitán Bernardo, y al presidente Sánchez travestido en la bella Fenisa, que logra engañar a todos para conseguir sus fines y casarse con su amado. Al final gana la virtud, la inteligencia, el amor, el ingenio y las habilidades femeninas.

Desgraciadamente los clásicos del Siglo de Oro siguen vigentes. En Bruselas se representa una comedia de enredo que bien podría estar firmada por el fénix de los ingenios y representada en el Corral de Comedias de Almagro, cuyo simple escenario lo ocupan puertas y balcones que continuamente se abren y se cierran para dar entrada o salida a personajes estrambóticos y surrealistas que tejen historias hilarantes, con apariencia de graciosas pero que esconden una realidad de miseria, dureza, explotación, crisis, hambrunas, marginación, corrupción y discriminación.

En aquel Siglo de Oro, en el culmen del imperio con los pies de barro, nos bastaba a los españoles con lanzar a los tercios y rendir las plazas de los calvinistas. Hoy, seguimos con un país de pies de barro, pero sin tercios, huérfano del fénix de los ingenios y compañía y, como entonces, sin recursos y esperando la llegada in extremis de los galeones cargados del  tesoro de América, hoy transmutado en los salvadores presupuestos europeos.

A partir del lunes El Brujo –Rafael Álvarez-interpreta en la antigua universidad de Almagro al Lazarillo de Tormes. Vengan y recordemos lo que fuimos y lo que somos en un monólogo cargado de cruel ironía. ¿Aprenderemos alguna vez?