La subida del salario mínimo hasta los 950 euros por consenso de Gobierno, sindicatos y patronales ha sido toda una sorpresa agradable. Por el consenso, por la capacidad de diálogo demostrada por todas partes y por la voluntad de llegar a acuerdos con renuncias también de todas partes. Bien, este es el camino. Diálogo y consenso. Porque quedan muchas y grandes reformas que hacer: educación, pensiones, sanidad pública, Justicia, reforma laboral. Hay tajo y mucho.

La cuestión de los salarios es vital. Los anteriores gobiernos centrales afrontaron la crisis económica a base de bajar salarios, destruir empleo estable y subir impuestos. Hace años, esta crisis se habría combatido con la devaluación de la peseta, pero ahora con el euro eso es impensable, así que las herramientas que un gobierno tiene son la actuación sobre los salarios y los impuestos (IVA e IRPF). Bueno, y en caso de España, el rescate de la banca. Todas estas medidas han generado el panorama que conocemos: precariedad laboral, emigración del talento, sobre todo joven, subida de impuestos, erosión de la clase media, aumento de la desigualdad social, deterioro de los servicios públicos y desprecio de la experiencia y consiguiente expulsión del mercado laboral de los trabajadores y profesionales mayores de cincuenta años.

Lo grave de todo es que aplicando estas recetas, los anteriores gobiernos de España no han sido capaces de regenerar la actividad económica del país. Se ha combatido el paro a costa de consolidar la precariedad laboral, la desigualdad y los bajos salarios. Medidas que, además, no han aumentado la productividad y la competitividad de la economía española ni el tamaño de las empresas.

Así que si el modelo que se ha aplicado hasta ahora para fortalecer la economía española se manifiesta insuficiente, habrá que aplicar otra receta. Y uno de los ingredientes de la nueva receta es precisamente la subida de salarios como instrumento para evitar la rotación del empleo y la precariedad e incrementar la motivación y la eficiencia del trabajador. Un trabajador mejor pagado produce más y mejor, es más leal y comprometido, se implica más y, en definitiva, produce más.

Es cierto que hay sectores que  van a sufrir de alguna manera la subida del salario mínimo, como el agrícola, ya que deberán afrontar un incremento de costes en un panorama de congelación de precios de venta de sus productos agrarios. Y, lo que es peor, la agricultura es básica para hacer frente a la España vaciada y fijar población. Así que el Gobierno debería contrarrestar  los efectos negativos de la subida del salario mínimo con, por ejemplo, rebajas fiscales a pymes y autónomos agrarios.

Hace ya tiempo que la propia Organización Internacional del Trabajo viene repitiendo a España que hay margen para subir los salarios tras el crecimiento sostenido durante años de la economía muy por encima de la media europea. Es aplicar el principio de que si se quiere ser competitivos hay que ofrecer sueldos competitivos, lo que conllevará la retención del talento.

La subida del salario mínimo es parte de la solución. Sobre todo si viniese acompañada por una política de fomento de la formación de los trabajadores y, sobre todo, por una estrategia para favorecer que las pymes puedan  crecer y transformarse en empresas de tamaño mediano, que es lo que necesita este país.