A los utopistas,

«Seamos realistas, pidamos lo imposible» decía Herbert Marcuse… Si el filósofo alemán levantase la cabeza, probablemente estaría de acuerdo conmigo en que, a día de hoy – puestos a pedir – el imposible de los imposibles es que sus Señorías se entiendan en el Congreso.

Porque estoy segura de que si yo utilizo esa frase, más de uno replicará que esa frase «pertenece» a los movimientos de izquierdas de los 60 y 70 entre los que destaca el Mayo del 68 francés. Porque ahora, este es el juego: todo tiene que ser bueno o malo, blanco o negro, de izquierdas o de derechas.

Así, poco a poco, los extremos – porque sí, el extremismo o el populismo, al contrario de lo que parecen querer hacernos creer últimamente, no son monopolio sólo de un lado – se alimentan entre sí porque no pueden sobrevivir uno sin el otro y su objetivo es una sociedad lo más polarizada posible, porque una sociedad polarizada es mucho más fácil de controlar.

Todos entonan exaltados eso de “si no estás con nosotros, estás contra nosotros”, como una – oportuna – cortina de humo ante la evidente falta de ideas, de propuestas y – lo que me parece aún más preocupante – de debate.

Y es que si estás en el extremo, sobrevives apelando a un «pueblo bueno y justo» que habla a través de ti y de tu líder, que viene a ser una especie de “mesías” que defiende una verdad absoluta ante la que carece de sentido el debate de opiniones (básicamente porque todas aquellas que no coincidan con ella, no son válidas).

Si estás en el extremo, te olvidas de que uno de los pilares de la democracia es el pluralismo, porque tú y los tuyos tenéis el «monopolio moral» de la representación del pueblo. Y esto acaba con el diálogo porque ¿qué sentido tiene el diálogo si consideras que – independientemente de tus votos – sólo tú representas a la mayoría y – lo que es aún más grave – a la verdad?.

Pero si hay algo preocupante en los extremos, es que normalmente parecen inofensivos hasta que es demasiado tarde. Uno no se preocupa cuando el Estado empieza a dar pequeños pasos para poder decidir unilateralmente lo que es bueno o no para el ciudadano o cuando se empeña en interpretar la historia de acuerdo a sus propios intereses, cuando abole poco a poco la separación entre poderes o cuando degrada la importancia de la ley, cuando desdibuja la frontera entre lo público y lo privado o cuando pone coto a la libertad de expresión y de prensa en aras de la propaganda, cuando busca soluciones locales – más concretamente autonómicas – a problemas nacionales…

¿De verdad a nadie se le enciende el “pilotito rojo” analizando las intervenciones de nuestros políticos – en el Congreso y fuera de él, de un lado y de otro – del último año?.

A la postre nuestro mayor problema no es que pidamos imposibles: la realidad es que estamos ciegos y ni siquiera sabemos lo que queremos…