Esta semana que ahora termina pasará a la pequeña historia nacional por los efectos del largo puente festivo. La Constitución ya se celebra más de forma multitudinaria en las carreteras, en las terrazas de las plazas mayores de los pueblos, en los paseos marítimos y en las estaciones de esquí que en las instituciones. La conmemoración en el Congreso de los Diputados fue más un circo que un acto solemne y, sobre todo, un diálogo de sordos. Una conmemoración en las que los nacionalistas ni están ni se les espera y eso que ahora son llave determinante en el próximo intento de gobernabilidad nacional. El candidato Sánchez reía para afuera en las tertulias con los periodistas, mientras iban y venían bandejas repletas de canapés por el pasillo de los pasos perdidos, e insistía en que “es posible un pacto entre diferentes”. Palabras que caían en saco roto entre las filas de los populares y de Ciudadanos. Los populares se anclan en el no es no y en Ciudadanos se está a la espera de que se concrete el giro hacia el centro o, lo que es lo mismo, hacia un espacio más liberal y progresista. Ya se verá si la muy radicalizada en los últimos meses Inés Arrimadas es capaz de liderar el cambio necesario para evitar que Ciudadanos pase a la historia de los grandes fracasos políticos en un par de años. Preparando el camino, la Arrimadas propone al PP que se sienten juntos a hablar con Sánchez. Pero el PP se hace el sordo. Casado no quiere dar el mínimo respiro a VOX en la pugna por el control de la derecha política española.

¿Todo esto a dónde conduce? Pues a un callejón sin salida en el espectro político constitucionalista. PSOE, PP y Ciudadanos practican un auténtico diálogo de sordos, una guerra fría entre bloques, divididos por un telón de acero mental, un verdadero muro de la vergüenza política. Y como así andan las cosas, la única esperanza de que algo avance es que el PSOE concrete su pacto con Unidas Podemos y ambos convenzan a los independentistas catalanes para que se abstengan y, después, negociar una solución al conflicto político catalán, previa concesión de nuevas y cuantiosas canonjías, además de nuevas concesiones de competencias que rozarían ya el límite del autogobierno.

Así se va a cerrar el año. Un ejercicio perdido. Dos elecciones generales consecutivas que han ratificado un nuevo modelo político basado en la fragmentación, con los partidos políticos tradicionales muy alejados de la mayoría absoluta y, por ello, ahora dependiendo de múltiples micropartidos y, sobre todo, de partidos independentistas liderados por políticos presos por conculcar la Constitución y todas las leyes posibles o por políticos exiliados por las mismas razones. En las próximas semanas habrá nuevas sentencias judiciales contra otros independentistas, lo que puede tensar un poco más la cuerda y hacer imposible la gobernabilidad a corto plazo de este país aún llamado España. Es posible que los Reyes Magos traigan este año carbón, es decir la convocatoria de unas terceras elecciones en la próxima primavera. Posibilidad que cada día está más cercana.

Y todo este debate ha coincidido, como telón de fondo, con la celebración de una cumbre mundial en España contra el cambio climático. Una cumbre que deja bien visible el divorcio entre la clase política y el ciudadano medio. La desconexión avanza peligrosamente. Los políticos, a  lo suyo, es decir a practicar el diálogo de sordos; y los ciudadanos ocupando las calles para exigir soluciones a una catástrofe ambiental que ya es irreversible.