La sesión de investidura del candidato a la Presidencia del Gobierno, el socialista Pedro Sánchez, terminaba el otro día a garrotazos, dialécticos, pero a garrotazos. Como en el famoso cuadro de las pinturas negras de Goya, Sánchez (PSOE) e Iglesias (Podemos) debatieron a garrotazos con las piernas hundidas en el barro de la tribuna, inmovilizados, y arreándose dialécticamente de lo lindo con una porra de grandes dimensiones a la espera de que el contrincante cayera desmayado o se rindiera con armas y bagajes. No fue así. Los dos candidatos se aporrearon de lo lindo hasta que se acabó el tiempo. Ambos –la izquierda- salieron mal heridos, derrotados, con los corazones henchidos de odio y las cabezas desbordadas de ira. Doscientos años después de que Goya inmortalizara el alma española en su “Duelo a garrotazos”, el país sigue en los mismos trece. Ahora los garrotazos son digitales y dialecticos, pero causan los mismos males: la soberbia, el egoísmo, la violencia –ahora dialéctica-, la visceralidad, la irracionalidad, el cainismo, el odio, el fratricidio y el ansia por la autodestrucción. Puro suicidio colectivo. De la izquierda, en este caso. Muy español todo. La misma historia se repite tantas veces que no se entiende cómo el español machadiano no se cansa de una vez, hace pública su desafección y los manda a todos a hacer gárgaras.

Mientras las bancadas de las derechas presenciaban el espectáculo desde la barrera, disfrutando del espectáculo guerracivilista de la izquierda y esperando a coger el fruto maduro del árbol, los líderes de PSOE y Podemos actuaban con absoluta irresponsabilidad. El mandato de las elecciones de abril fue claro: dialoguen, negocien y pacten. No es de recibido echar la culpa a los electores. Las urnas siempre tienen razón. La falta de responsabilidad es, primero, del partido que ganó las elecciones, el PSOE, el único en disponibilidad de articular una alternativa de gobierno. Y, en segundo lugar, de Podemos, el único interlocutor válido en la izquierda y cuya suma de votos es imprescindible para articular una mayoría, tal y como quedó claro en la moción de censura.  No hay otra salida. Bueno, sí, la de nuevas elecciones, es decir, anclar bien las rodillas en el barro y darse garrotazos hasta la destrucción –autodestrucción- total de la izquierda.

Y lo más grave es que los irresponsables de Sánchez e Iglesias aparentan no darse cuenta de la complejidad y peligrosidad del momento. 1) El nuevo primer ministro británico ha anunciado que su país aplicará sí o sí el bréxit y Gran Bretaña saldrá de la Unión Europea en octubre, lo que provocará una crisis política, social y, sobre todo, económica, de incalculables consecuencias. Y 2) antes de la posible repetición de las elecciones generales en noviembre, el Tribunal Supremo hará pública la sentencia condenatoria –se espera- contra los responsables políticos de la intentona separatista catalana. Si así fuera, habrá un otoño/invierno caliente, con un rearme del independentismo, con la calle como un hervidero y con el Parlamento catalán convertido, otra vez, en una olla a presión. A punto de explotar.

Ante estos retos, España necesita un gobierno, emanado de las urnas del 28 de abril, un gobierno fuerte, estable, cohesionado y con las ideas claras para hacer frente a la que se avecina. Que va a ser un auténtico terremoto, que nadie lo dude.

Y ello sin analizar la clave económica. La última EPA ha dejado clara la tendencia a la desaceleración económica y al predominio de una oferta laboral basada casi exclusivamente en la temporalidad y bajos salarios. Una auténtica bomba de relojería que afecta a los más jóvenes y a los más mayores. Las necesarias reformas no admiten más demoras. No.

Bien, pues, ante esta amenaza de tormenta perfecta, Sánchez e Iglesias juegan a hacerse el haraquiri político ante la mirada desconcertante de millones de televidentes. Es como si el desconcierto y la angustia popular alimentase el ego de estos dos irresponsables contendientes que hunden sus piernas en el lodazal para atizarse de lo lindo como única solución a la crisis. Las pinturas negras de Goya siguen más actuales que nunca doscientos años después. No aprendemos.