A todos los que han entendido que trabajando juntos se llega más lejos,

Después de comenzar las últimas semanas con la peor resaca que conozco (la postelectoral) estaba deseando dejar a un lado la política y poder hablar de un tema que no convirtiese afrontar el lunes en una tarea más difícil de lo que ya es de por sí… Ojeando la prensa, me veía hablando otra vez del pactómetro, de la incipiente crisis, de la corrupción y del circo político. ¡Socorro!. Pero aunque aquello parecía misión imposible, seguí buscando algo positivo a lo que agarrarme para no perder la esperanza en el futuro de este país y lo encontré al llegar a los titulares de la sección deportiva.

Para mí, el deporte siempre ha sido mucho más que deporte. El deporte es un catalizador de emociones y sentimientos, una escuela de valores como el esfuerzo, el respeto, la superación, el sacrificio, la igualdad, el trabajo en equipo o el aprender a asumir el éxito y a afrontar la derrota… Un espejo donde mirarse en una sociedad donde muchas veces, estamos huérfanos de referentes.

Una sociedad que pone complicado esto de ser mujer en casi todos los ámbitos, incluido el deportivo. Y es que si ser deportista es de por sí un camino difícil, lo es aún más si eres mujer y tu deporte uno de esos que muchos denominan “minoritarios”. Un deporte donde no existen el VAR, ni la foto finish, ni el ojo de halcón y en el que la distancia entre el todo o la nada la dirime el criterio – siempre subjetivo, a veces arbitrario – de un juez.

Eso – entre otras muchas cosas – hace de la gimnasia rítmica uno de los deportes más duros y sacrificados que existen. Practicarlo hace años en León – sin apenas medios – ya era tirar de épica. Pero el deporte tiene estas cosas. Historias como la del Club Ritmo. Historias en las que las protagonistas no se rinden y salen reforzadas de cada revés, en las que cada obstáculo se convierte en un acicate para mejorar, en las que el momento en el que todo parece perdido es el que precede al mayor de los éxitos.

Y a veces es ahí donde está el verdadero reto, en saber primero “digerir” y después mantener ese éxito. Y no hablo sólo de mantenerse en la élite, que también, sino sobre todo de mantener la humildad y la generosidad.

De esto sabe mucho Ruth Fernández y gracias a ella, también todas las gimnastas que han pasado por sus manos y las de su equipo en los más de 35 años que lleva dedicados a este deporte. Años en los que la ilusión de una niña que jamás llegará a la alta competición siempre ha tenido el mismo valor y merecido el mismo cariño que el potencial de la que está llamada a ser una grande de la gimnasia.

El sábado revalidaron su título en la Liga Iberdrola, un torneo que a día de hoy, no conoce otro vencedor que no sea el Club leonés, que en esta ocasión estuvo representado por Sara Llana, Carla Vilasánchez, Olatz Rodríguez, Sol Martínez, Paula Serrano y Ekaterina Selezneva. De hecho, ahora que lo pienso, quizá «club» no sea la palabra que mejor defina al Ritmo, que ha demostrado ya en más de una ocasión que hasta la palabra «equipo» se le queda muy corta. Son una «familia» y eso se ve desde fuera y se siente cuando estás dentro.

Todo un ejemplo de que el éxito de todos sólo se consigue sabiendo conjugar la excelencia y el esfuerzo individual con el más puro espíritu de equipo, sabiendo que uno debe dar lo mejor de sí mismo pensando en el beneficio de todos, entendiendo que, al fin y al cabo, es también el propio. Más de uno debería tomar nota, ahí lo dejo.

Raquel Canseco