Querida Greta Thunberg,

Creo que estás a punto de llegar a España y de enfilar la recta final de tu viaje camino a la Cumbre del Clima de Madrid COP25. Semanas a bordo de La Vagabonde (aunque dicen por ahí que el vuelo de Nikki Henderson a Estados Unidos para poder tripularlo ha acabado generando la misma huella de carbono que tú pretendías evitar). Casi al mismo tiempo han salido unas fotos tuyas en tu casa de Estocolmo, sentada en un carísimo sillón de diseño, de madera y piel (sí, piel animal).

Es la eterna paradoja de esas personas que a veces dan lecciones acerca de cómo deben de vivir los demás sin aplicarse sus propios consejos, el mítico “haz lo que yo digo, no lo que yo hago” al que, desgraciadamente estamos ya tan acostumbrados. No lo digo por ti en concreto – al final eres una niña que se ha visto envuelta en todo esto – sino por la gente que te rodea y pretende apuntarse al carro.

Coincido eso sí en que tu mensaje es importante. No hay “plan b”, no hay otra opción si el planeta que tenemos muere. Coincido también en que la inacción política se ha llevado por delante la infancia y los sueños de muchos. Sí, hay que tomar conciencia de la importancia de las decisiones que tomemos hoy respecto al planeta, hay que ser conscientes de que las consecuencias que tiene cada pequeño paso que damos hoy, pero a veces me pregunto si todo este efectismo no es más que una operación de marketing orquestada por terceros que no están haciendo otra cosa que aprovecharse de una niña que debería estar en la escuela viviendo una infancia normal.

Y aquí entra en juego ese tan manido debate de si el fin justifica los medios, aunque el fin sea justo, aunque el fin sea, valga la redundancia, evitar nuestro propio fin. El mensaje es importante, diría más, es VITAL. Pero quizá el mensajero debería ser otro y la responsabilidad, de todos. Porque el fin del mundo no se evita sólo en cumbres de gobiernos, sino sobre todo en todos y cada uno de los pequeños actos de todos y cada uno de nosotros.

Raquel Canseco