Llegaron para rescatar a la sociedad española de los insoportables niveles de corrupción pública, para poner en marcha las necesarias reformas, para regenerar el sistema, para cambiar las acomodadas élites políticas, para convertir el diálogo en una eficaz herramienta política, para hacer realidad la protesta social cuando en la calle se gritaba “no nos representan”, para acabar con el oligopolio del bipartidismo, para fortalecer el sentimiento de lo español y rearmar la autoestima, para acabar con las brutales desigualdades económicas y sociales derivadas de la crisis económica de nunca acabar,  para poner fin a la vieja política, para limitar el oscuro poder del Ibex 35, para combatir con eficacia el cambio climático y crear una sociedad más sostenible; en fin, llegaron para poner en marcha una segunda transición, modernizar las estructuras políticas, económicas y sociales e impulsar a España hacia el cumplimiento de los retos del siglo XXI.

La sensación de cambio llegó incluso a superar a la del 1982 cuando el PSOE de Felipe González ganó las elecciones y completó el círculo de la Transición política. Detrás de todas esas promesas, sueños y expectativas había una nueva generación de políticos, jóvenes, con capacidad de liderazgo, multilingües, conectados con las bases sociales y sus aspiraciones por las que tanto habían clamado en calles calle y plazas y con un lenguaje que conectaba con los deseos sociales.

Así, Pedro Sánchez (PSOE), una especie de Ulises contemporáneo, desbancó a la vieja guardia socialista, impidiendo que el partido naufragara en el hundimiento colectivo de la socialdemocracia europea;  Casado (PP) se impuso en unas primarias históricas en el Partido Popular a una cúpula podrida por hábitos corruptos de decenios y prometió la regeneración de la tradicional derechona; Iglesias (Podemos) canalizó el impulso y los deseos de una sociedad más que harta con su clase política, se convirtió en una especie de líder de los descamisados de las plazas españolas en busca de una mayor democracia interna y en adalid de las reformas para llegar a una sociedad igualitaria; Rivera (Ciudadanos)personificaba el anhelo regenerador, el impulso europeizante y liberal, el rostro moderno del centro, la resurrección del espíritu suarista de la Transición, una nueva forma de sentirse español, la superación guerracivilista y el alma kenedyana trasladada a las estepas hispanas.

Ahí estaba la mejor generación política de la historia de España y el resultado no ha podido ser más desastroso. Tanto talento, preparación, idiomas, educación, oratoria y respaldo ciudadano para culminar este proyecto colectivo tan ambicioso en un absoluto colapso, en un irracional bloqueo político, social y económico. Un absoluto fracaso. Es el fracaso de toda una generación. Tan sólo comparable al histórico fracaso de 1898, que daría lugar a la generación del 98. Pesimista, introvertida, postrada, que parió el tremendo sistema turnista y caciquil.

Lo sorprendente es que los líderes de esta generación política fracasada son los mismos que ahora aspiran a repetir en sus cargos en las elecciones del 10 de noviembre próximo. Inexplicable. Ninguno ha hecho la más mínima autocrítica. Todos echan la culpa al contrario. Cada uno de ellos asegura ser poseedor de la verdad absoluta. El malo es siempre el del frente. El responsable de la deriva es el contrario. ¿Qué fue de tanta promesa de diálogo, entendimiento y consensos? Se han convertido en la generación del veto.  Por todo ello, suscribo las palabras de Eduardo Madina: “Este desastre institucional refuerza el mensaje populista y neofascista de que la democracia no funciona”. Ay.

Yo me siento absolutamente decepcionado, engañado y con la sensación de estar delante de un callejón sin salida. No, estos líderes fracasados no me representan.