Íñigo Domínguez
Íñigo Domínguez /Diario de León

Ha fallecido el periodista Íñigo Domínguez Calatayud. Un maestro de periodistas. Mi primer maestro. En el Diario de León de 1978. Con cabecera en rojo. Yo llegué a León hace 41 años como joven periodista en prácticas. Y me acogió de la mejor manera posible, dándome entera libertad para ejercer la profesión, elegir temas, desarrollarlos y, en el colmo de la osadía, escribir una columna de opinión. Así nació El Gallo. Claro que junto a Íñigo estaba otra profesional como la copa de un pino, Camino Gallego. Redactora jefa, quien trataba directamente con los periodistas de prácticas. Íñigo y Camino formaron un gran equipo, compenetrado e invencible.

Esa fue mi auténtica escuela de periodismo. En la Facultad, casi todo era teoría. En aquel Diario de León de 1978 aprendí el oficio. A la brava. En la calle, que es donde de verdad se aprende la profesión. A puerta fría. Buscando temas, competiendo con los compañeros.

Regresé a León en el verano del 79. Ya era casi un veterano en prácticas. Otro baño de profesionalidad y de buen hacer. Me recorrí casi toda la provincia entrevistando a alcaldes con motivo de sus fiestas patronales. Aquello me dio una visión global de la provincia. Nunca le estaré lo suficientemente agradecido a Íñigo. Supervisaba las columnas de opinión. Era riguroso, metódico, culto, gran lector y dominador del lenguaje. Me echó para atrás varias columnas con toda la razón del mundo. No, nunca hubo censura. Al contrario. En una columna critiqué al entonces ministro de Cultura, Ricardo de La Cierva. El ministro se quejó al periódico y el director, Íñigo, me llamó para felicitarme y esa noche me invitó a una copa en un bar nocturno de moda, frecuentado entonces por la élite política y por miembros el consejo de administración del Diario. Otra puerta más que me abría la generosidad de Íñigo.

En el año 80, Íñigo me ofrece un puesto fijo en la Redacción. No había terminado aún la carrera en Madrid y acepté. Fue duro el trabajo diario y terminar los estudios. Íñigo me dio todas las facilidades. Aquel año me encomendaron el seguimiento de la sección de Cultura. Ese año significó mi consolidación profesional.

En el año 81 tuve que ir a la mili. Me cortó mi carrera profesional de raíz. Pero allí estaba Íñigo. Tenía contactos en el diario El Noticiario Universal, pero no hubo suerte. Eso sí, me ofreció enviar reportajes y entrevistas desde Barcelona. Y lo hice. Allí entrevisté al entonces ministro Martín Villa, cubrí el asalto al Banco Central de Plaza de Cataluña, entrevisté al ex presidente Tarradellas en una visita que hizo a la Casa de León de la Plaza del Pi de Barcelona. Todavía guardo la placa de un pequeño homenaje que me hizo al terminar el año la Casa de León en Barcelona. Nunca como hasta entonces había tenido tanto protagonismo en un periódico de León.

Antes de acabar la mili y ante la incertidumbre del futuro profesional, Íñigo se presenta un día en Barcelona y en un bar junto al edificio de Capitanía, me ofrece la delegación del Diario de León en Ponferrada. Claro que acepté. Inmediatamente. Meses después ya estaba instalado en el Paseo de San Antonio de Ponferrada cubriendo para el Diario el acontecer diario de El Bierzo. Fueron dos años increíbles. Desde todos los puntos de vista. Allí ya me consolidé como periodista global y comprometido. En Ponferrada comencé a escribir mis columnas políticas, en aquel entonces bajo el  título de Crónicas bercianas. Ahí desarrollé mi sentido crítico.

Cuando a Íñigo le ofrecieron la dirección de La Gaceta de Salamanca me pidió que me fuera con él como redactor jefe. No lo hice por una única razón: La Gaeta aún se confeccionaba con linotipias y se imprimía en una vieja rotoplana de plomo. Y le dije que no. El Diario de León era un periódico técnicamente muy moderno y no quise retroceder en este terreno. Íñigo lo entendió y siempre me dejó abiertas las puertas de una Gaceta que entonces estaba en la Plaza de los Bandos. Ahí concluyó la confluencia de nuestras carreras profesionales. Con un fuerte abrazo.

Hoy estaba cubriendo el penúltimo pleno de la Diputación en la presente legislatura y allí me dieron la noticia del fallecimiento de Íñigo. Fue un fogonazo. En unos segundos visioné la película que acabo de resumir. Al terminar caminé hacia la Plaza de la estación de Feve. Miré a lo alto. Allí seguía estando el enorme piso que ocupó  Íñigo en León y que fue ampliando como pudo al mismo ritmo que iban llegando sus hijos. Y recordé la sonrisa, siempre hospitalaria, amable y cercana de su mujer, Inés. Íñigo era vehemente, siempre gesticulaba, hablaba con tono alto. Inés era la otra cara de la misma moneda. Dulzura y amabilidad.

Iñigo, un fuerte abrazo, amigo. Guárdame un puesto a tu lado en el diario digital que seguramente ya habrás comenzado a diseñar allí arriba. Que se prepare San Francisco de Sales con la que se le viene encima.