Aquí estamos acostumbrados a hablar del “milagro español” como del “fracaso español”. Durante años el caso español ha sido estudiado en todas las universidades del mundo como un modelo de éxito de la transición de una dictadura –dura, de verdad- a una democracia plena y de vanguardia. Ahora, desgraciadamente, con esto del coronavirus, el caso español se estudia en todo el mundo como un modelo a no imitar y no solo desde el punto de vista de la salud pública sino, sobre todo, por la gestión política de la crisis sanitaria. Ahí estamos, con unas cifras de contagios que baten records en todo el  mundo, con una sanidad pública a punto de quedar desbordada y, sobre todo, con unos vaivenes de los gestores públicos que provocan desconcierto y una sensación de ridículo y de ineficacia absolutas.

¿Qué hemos hecho para merecer esto? Se pregunta el ciudadano medio de este país desconcertado y desnortado. Pues que nadie espere respuesta de sus políticos y gobernantes. Nunca hacen autocritica. Todo lo malo obedece a las circunstancias o a fallos de terceros. Vamos, como Felipe II cuando mandó a la Invencible a conquistar a la pérfida Albión y los elementos destrozaron los barcos. Así seguimos, cuatrocientos años después, echando la culpa de nuestra ineficacia al maestro armero.

¿Cómo es posible que nadie de los que mandan en este país se sonroje un poco del espectáculo tan bochornoso que el gobierno de la autonomía y el central están ofreciendo en Madrid a costa de la gestión de la pandemia del coronavirus? No es que sea escandaloso, inmoral o inhumano sino que es una auténtica irresponsabilidad que debe estar ya rozando el Código Penal. Esta falta de respuestas a una crisis sanitaria en la capital de España pone en evidencia el fracaso clamoroso del estado de las autonomías. Está claro que hay comunidades –ay, Madrid- que no saben ejercer su derecho legítimo al autogobierno mientras el Gobierno central es incapaz de coordinar, supervisar y, cuando es necesario, imponerse en esta mortal y obscena pelea de gallos que se ha desatado en Madrid, obviando el dolor de los ciudadanos y la muerte de muchos de ellos. Una auténtica inmoralidad. Un atentado a la inteligencia humana y al sentido común. ¿Hasta cuándo abusarán de nuestra paciencia? O, mejor dicho, ¿hasta cuándo la mayoría silenciosa va a seguir callada ante tanta ignominia? Faltan ya palabras para calificar este horroroso espectáculo político.

Y ante la falta de soluciones es sorprendente la capacidad del actual Gobierno de generar problemas gratuitos y con ello enturbiar un poco más el escenario y poner en riesgo la estabilidad institucional que tanto necesita este país en estos trágicos momentos sanitarios, sociales y económicos. Como si al Gobierno le sobrasen recursos, fuerzas y energías se inventa un conflicto con los jueces que pone en entredicho hasta al mismísimo Rey de España, un Rey bastante vapuleado ya por el errático comportamiento de su padre como para ahora abrir un nuevo frente de crisis en el seno del Gobierno, en el Parlamento, en la Corona y en el Poder Judicial. La tormenta perfecta. La crisis total.

Sin borrador de Presupuestos Generales del Estado, con la crisis catalana a punto de recrudecerse por la próxima inhabilitación de Torra, con el Poder Judicial intervenido, con las arcas públicas vacías y el Estado en quiebra técnica, los mandamases de este país se entretienen en hacer bailar a la Corona y en esperar a que un milagro –la eterna providencia española- solucione la crisis sanitaria del coronavirus. Hay una sensación de descomposición general. Y no huele nada bien, claro.