El proceso de desescalada avanza. Media España entrará mañana lunes en fase 3 y la otra media, en fase 2. La economía comienza a dar signos de reactivación, lo que provoca un cierto optimismo. Eso, sí, con mascarilla. Que el virus sigue ahí, en la calle y los miles de muertos merecen un respeto, además de un futuro homenaje. Seamos responsables, todos. Pero, sí, se nota en la calle cierta alegría. Y en los parqués. La Bolsa de Madrid ha subido en una semana casi un 11%, lo que refleja esa sensación de optimismo. Ya se sabe que las Bolsas miden emociones y sentimientos más que rentabilidades de inversiones. Que también. Pero muestran tendencias de futuro.

Optimismo que ratifica, por ejemplo, la decisión del Banco Central Europeo (BCE) de seguir comprando deuda pública casi indefinidamente o, al menos, hasta que agote los 1,3 billones de euros disponibles. Eso quiere decir que el BCE puede llegar a comprar en los próximos meses hasta 130.000 millones de euros –las cifras asustan- de deuda pública española. El acuerdo hizo bajar inmediatamente la prima de riesgo española, lo que significa un abaratamiento inmediato de la financiación española en el exterior. No se olvide que España va a necesitar a lo largo de este año una financiación exterior en torno a los 350.000 millones de euros –otra cifra mareante-. Así que cuanto menos se pague por tomar prestado dinero, mejor para todos. Porque la alternativa es buscar ese dinero de fronteras adentro y de esa manera solo hay una fórmula rápida y eficaz: subir impuestos. Que también se hará. Sin dudarlo.

Como las cuentas públicas española están al borde de la quiebra –gastamos mucho más de lo que ingresamos y la capacidad de endeudamiento está sobrepasada-, la otra buena noticia de los últimos días es el principio de acuerdo en la Unión Europa para inyectar a España otros 140.000 millones de euros –otro mareo de cifra-, mitad a fondo perdido y la otra mitad a préstamos a muy bajo interés para hacer frente a los gastos derivados de la crisis generada por el coronavirus. Pero, ojo, esta lluvia de millones tardará en hacerse realidad y va a estar condicionada. Primero a una serie de inversiones de futuro, en proyectos de sostenibilidad, digitalización, sanidad, educación, investigación y formación. Y, en segundo, lugar a que España apruebe unos Presupuestos Generales del Estado creíbles, es decir con números, cifras y previsiones realistas. No como hasta ahora, que, a pesar de la buena intención de la vicepresidenta y europeísta Nadia  Calviño, España ha presentado a Bruselas algo parecido a las cuentas del gran capitán (sí, Gonzalo Fernández de Córdoba) o, como dirían en  mi pueblo, la cuenta de la vieja; es decir, con poco rigor y poca credibilidad.

Y aquí es donde debería entrar la altura de miras de la clase política española. Y aquí necesariamente hay que ser pesimistas. No hay nada más que echar un vistazo al vídeo de la sesión parlamentaria del pasado miércoles en el Congreso de los Diputados. Ni Gobierno ni oposición están a la altura de las circunstancias. Es como si a los líderes políticos nacionales no les pesase en sus conciencias los  miles de muertos por el coronavirus, el sacrificio de sus familias y el de toda la sociedad española. ¿Hasta cuándo abusarán de nuestra paciencia?, como clamaría Cicerón ante el Senado romano.

El economista y europarlamentario de Ciudadanos, Luis Garicano, ha propuesto una tregua política de seis meses para diseñar la reconstrucción. Me parece una idea brillante, pero utópica. A los Sánchez, Casado, Carvajal, Iglesias y adláteres no les interesa la más mínima tregua. Todos defienden la infernal estrategia del cuanto peor, mejor.

La economía española no va a resistir mucho más sin esa tregua política y Europa no va siempre a venir a salvarnos por la cara. Sí, vendrá, pero con condiciones, es decir con sacrificios, recortes, austeridad, pobreza, temporalidad, emigración, precariedad, subida de impuestos y devaluación salarial. ¿Esto es lo que quieren nuestros políticos?