Socialistas e independentistas catalanes reanudarán este martes las negociaciones encaminadas a la posible investidura de Pedro Sánchez como presidente del Gobierno. Cerrado el acuerdo con Unidas Podemos y con el beneplácito abstencionista de nacionalistas e independentistas vascos, canarios, cántabros, gallegos y hasta de los turolenses que sí existen, ahora todo depende de los independentistas catalanes de izquierdas (bueno y de la derechona mea pilas de Pedralbes). Para facilitar el acuerdo, los socialistas han quitado las telarañas a su Declaración de Granada por la que en su día aprobaron que España es la suma de varias naciones y que, por ello, el modelo de estado de un futuro cercano debe ser federalista. Una cosa es la teoría y otra la práctica. A ver hasta dónde está dispuesto a tensar la cuerda  constitucionalista el PSOE.

Por de pronto, lo que sorprende a propios y extraños es que el futuro de España, al menos a corto plazo, esté en manos de quienes su objetivo político irrenunciable es romper la propia España. Extraña paradoja. Estamos ante una España de psiquiatra. España ante el diván de sus temores, de sus contradicciones y pulsiones.

El nacionalismo rupturista en el mundo occidental es fruto de la opulencia y del aburrimiento de las élites de las comunidades ricas y desarrolladas. La burguesía catalana, por ejemplo, se abraza al independentismo en busca de una mayor rentabilidad de sus beneficios empresariales. Puro egoísmo. No quieren repartir sus dividendos con quienes representan a la masa obrera que ha permitido su éxito empresarial. No entienden nada de solidaridad. Sólo de dividendos, especulación y corrupción. Algún día los jueces terminarán de instruir la larguísima investigación sobre el 3% catalán y nuestros hijos verán sentarse en el banquillo de los acusados al en otra hora muy honorable Jordi Pujol para que rinda cuentas del enriquecimiento de toda su familia a costa del erario público. La cascada de acusaciones es tan enorme, que a la cómplice burguesía catalana no le queda más remedio que cerrar filas en torno a Pujol y allegados para evitar el escándalo y que ese juicio nunca llegue a celebrarse. La verdad es la primera víctima de este tipo de nacionalismo radical, así que todos ellos ya han apretado filas para defender la falsa realidad de que el juicio a Pujol será el juicio a Cataluña.  Confundir la parte con el todo es imprescindible para armar un nacionalismo puro. Ya lo hicieron no hace mucho los Hitler, Mussolini, Franco, Stalin y compañía. Y el resultado fue catastrófico para todos.

Frente a esta tendencia, partidos como PP y Ciudadanos no ofrecen alternativas reales porque creen que el cuanto peor para España, mejor para ellos. A los líderes del PP y Ciudadanos se les llena la boca de pactos constitucionalistas pero son incapaces de poner sobre la mesa una propuesta concreta al PSOE. Una de las escasas soluciones es que PP y Ciudadanos faciliten la investidura a cambio de arrancar al PSOE compromisos firmes para reformar la Constitución, las pensiones, la educación, la sanidad, el Senado, la inmigración, la Ley Electoral y del modelo territorial.

PP y Ciudadanos saben perfectamente que un pacto del PSOE con los independentistas catalanes es una opción de altísimo riesgo. Y lo saben porque gobiernos como los de Aznar o Rajoy pactaron en su día concesiones a nacionalistas de todos los colores para consolidarse en el gobierno. Fruto de esos continuos pactos y concesiones de los gobiernos de PP y PSOE en los últimos cuarenta años se ha llegado a esta  situación límite en la que España se encuentra hoy.

Dentro de unos días celebraremos otro aniversario de la Constitución de 1978. Un buen momento para reflexionar y hacer propósito de la enmienda para no seguir tomándola en vano. Aprendamos de los padres fundadores.