Tarde y mal. Esta es la sensación que tienen los ciudadanos sobre cómo todas las administraciones públicas están abordando los rebrotes del coronavirus en toda España. Y lo más sencillo es echar la culpa a la falta de responsabilidad ciudadana. ¿Quién tiene la culpa?, la masa anónima, la sociedad, Fuenteovejuna, la mayoría silenciosa, el rebaño. Eso sí, ni un ápice de autocrítica por parte de los dirigentes, ya sean presidentes del Gobierno o de cualquiera de las diecisiete autonomías, de diputaciones o de las alcaldías de los más de dos mil ayuntamientos. La culpa siempre es del maestro armero, del otro, de la oposición, del vecino, de los jóvenes, de los mayores, de los educadores o de los sanitarios. Siempre es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio.

Tengo la mala costumbre de oír todos los miércoles parte del debate de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados y las ruedas de prensa de los jueves tras terminar los consejos de gobierno de la Junta de Castilla y León y acudo a la mayoría de las convocatorias de prensa del presidente de la Diputación o del alcalde de León y la conclusión es la misma: ¿pero en qué país viven todos estos políticos?, ¿de verdad son conscientes de la realidad que se vive más allá de los blindados cristales de sus despachos oficiales?.

Por ejemplo, los miércoles en el Congreso de los Diputados son un mero teatro, donde los líderes de los grupos parlamentarios hacen preguntas con el único objetivo de obtener el refrendo de los suyos. Juegan nuestros padres de la patria a tratar de ser ingeniosos y agudos en las preguntas y respuestas y arrancar aplausos, pataleos o carcajadas. No es de extrañar que el divorcio entre la ciudadanía y su clase política sea cada vez mayor. Y lo que queda.

El viernes comparecía en rueda de prensa la presidenta de la Comunidad de Madrid, esta vez en modo dolorosa desconsolada, para reconocer de forma implícita –nunca reconocerá que se ha equivocado ni, por supuesto, pedirá perdón por ello- su fracaso en la gestión de la lucha contra la pandemia del coronavirus en su territorio y anunciar una serie de medidas, tarde y mal, de restricción de una serie de libertades ciudadanas cuando la realidad es que su gobierno ha sido incapaz de aplicar medidas preventivas eficaces, redoblar el sistema sanitario, hacer que funcionen los rastreadores, gestionar las pruebas pcrs, velar por guardar la distancia en los transportes públicos y un largo etcétera. En la poltrona de la Casa de Correos de Madrid ha sido mucho más fácil echar la culpa al enemigo externo que actuar con eficacia. ¿La culpa?, en este caso del Gobierno socialcomunista central. Claro.

Y así en escalada. El alcalde de León le echa la culpa  a la Junta de Castilla y León y el presidente del gobierno autonómico instalado en Valladolid eleva la responsabilidad al escalón más alto, es decir al Gobierno. Y, claro, el Gobierno central deja que el guirigay de las autonomías sea tan evidente para demostrar que bajo su mandato único se logró frenar la pandemia en los duros meses de la primavera. Luego, devuelto el poder a las autonomías, éstas han demostrado su absoluta ineficacia. Así que Pedro Sánchez sonríe satisfecho en La Moncloa pensando en los réditos electorales futuros.  Ahora, Sánchez prepara su entrada triunfal este lunes en la Casa de Correos de Madrid, sede de la Presidencia de la Comunidad. Un pírrico triunfo. Prisionero de su egocentrismo. Dorian Gray a su lado, un aprendiz.

Todo esto sería un juego sino fuera porque hay más de treinta mil víctimas mortales, más de seiscientos mil contagiados, miles de millones invertidos en pretendidas soluciones que han sido solo parches, el sistema sanitario colapsado, las arcas públicas vacías, la ruina económica para colectivos enteros y, por todo ello, mucho miedo, incertidumbre y un creciente cabreo social con tantos palos de ciego de sus políticos. El virus campa a su aire por las calles de este castigado y desafortunado país. Un pueblo, como describe Paul Preston, traicionado por gran parte de su clase política en la, en este caso, tan anunciada nueva realidad. Más de lo mismo.