Lo dijo ayer el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en su última homilía sabatina del estado de alarma: “Europa debe salvar a Europa”. Y tiene razón. Europa se encuentra en ese momento crucial en el que un paso en falso, una decisión equivocada puede terminar definitivamente con el sueño de la unión y retrotraer al viejo continente a los belicosos inicios del siglo XX. La crisis derivada del coronavirus está haciendo tambalear los cimientos de la Unión Europea. Y uno de los países más perjudicados en el peor de los escenarios europeos sería España.

Sin embargo, en Europa las decisiones se adoptan con absoluta tranquilidad. Cada vez sus mandatarios se parecen más  a la orquesta del Titanic. Sus músicos siguen tocando para aparentar una cierta normalidad mientras el barco se hunde. Al mismo tiempo que este pasado viernes se reunían por videoconferencia los 27 jefes de estado o de gobierno de la Unión Europea (UE), la presidenta del Banco Central Europeo (BCE), la francesa Lagarde, aseguraba tajantemente y con los números en la mano que “lo peor en Europa está por llegar”. Se refería Lagarde a que el paro en Europa puede terminar este mes por encima del 10%, lo que supone que en España subirá muy por encima del 20%.

A pesar de este aldabonazo, los mandatarios de la UE cerraron la reunión más breve de los últimos años sin acuerdo. Deberían haber definido la distribución de los ya famosos 750.000 millones de euros para la reconstrucción de las economías de los países europeos, sobre todo la de los del sur, pero no se avanzó nada. Para los analistas conocedores en profundidad de los entresijos de la burocracia europea, esta falta de  avances sería una buena noticia porque significaría que los países líderes en insolidaridad –Holanda, Austria, Suecia y Dinamarca- ya habrían aceptado la necesidad de ese fondo y ahora ya sólo quedaría saber qué parte va a ser subvención y qué parte créditos a muy bajo interés. También parece estar ya claro que en ningún caso volverán los “hombres de negro” ni se aplicarán ajustes y recortes draconianos, aunque sí se impondrá la dirección de las inversiones, encaminadas hacia lo que se ha denominado la nueva economía, es decir más sostenible, menos especulativa y centrada en la ciencia, la digitalización, la educación, la sanidad y la asistencia social.

Pero para que España acuda con fuerza a la durísima negociación que se espera en Bruselas, debería de haber un mínimo de unidad de los partidos políticos y de las fuerzas sociales en torno a la postura que vaya a defender el Gobierno. De ahí que a Pedro Sánchez en sus últimas intervenciones se le llene la boca de unidad, unidad y unidad. Aunque visto lo visto todas las semanas en el Congreso de los Diputados nadie, absolutamente nadie, tiende la mano o cede en pro de esa unidad tan cacareada y poco practicada. Seguimos en la confrontación y en la provocación, lo que, sin duda, hace más débil la posición de víctima de España. No se olvide que están en juego 140.000 millones de euros, cantidad absolutamente imprescindible para que España pueda pagar los ERTEs, la inversión necesaria en sanidad y en educación y en todos esos programas de reconstrucción.

A mí me gustaría ver a un Partido Popular nacional más del modelo de Castilla y León, cuyo presidente ha sido capaz de reunir en un pacto por la reconstrucción a los grandes partidos políticos (PSOE y Ciudadanos), en vez de que Casado jalee a sus eurodiputados cuando cuestionan en Estrasburgo o en Luxemburgo las peticiones de ayuda española a la Unión Europea. Tremendo.

Hay que remar en la misma dirección, eso está claro. Y llegar aunque sólo sea a un pacto de mínimos sobre la postura que España va a defender en Europa, porque lo contrario será el suicidio. Ya lo ha dicho claramente quien más sabe, es decir la jefa del BCE, Lagarde: “Lo peor está por llegar». ¿Está la clase política española preparada para hacer frente a este reto histórico?