Está bien que los partidos políticos españoles coincidan en líneas generales en la necesidad de consensuar un pacto por la reconstrucción para revitalizar la economía tras la crisis derivada del coronavirus. Bien. Hay que rebajar la tensión política y llegar a grandes acuerdos. Pero esos acuerdos van a depender, y mucho, de cómo la Unión Europea responda a los estragos de la crisis. Sin la solidaridad europea, algunos países pueden entrar en quiebra técnica. España, Italia o Francia son claros ejemplos de economías con escasa capacidad de respuesta debido a unas altísimas deuda pública y privada y a unos déficits inasumibles a corto plazo. Lo dijo anoche el presidente Sánchez: “Las consecuencias  económicas va ser terribles” en España, en Europa.

El Consejo Europeo del pasado jueves apenas ha avanzado en la búsqueda de una solución a la crisis. Hay sobre la mesa más de 1,5 billones de euros para inyectar a la economía europea, sobre todo a los países más necesitados, como los del sur de Europa. El problema reside en que los países ricos del norte quieren que esa inyección se haga mediante créditos a devolver, sin especificar las condiciones; mientras los países del sur apelan a la solidaridad y exigen que parte de ese dinero sea de ayudas o subvenciones directas y a fondo perdido.

El riesgo, de nuevo, es que Europa haga demasiado poco demasiado tarde. La frase es de Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, que, por una vez, se ha posicionado al lado de los países del sur. En el frente de los países ricos del norte, también como siempre, Holanda, cuyo gobierno no está dispuesto a la más mínima solidaridad económica. Y eso que Holanda es un país con un régimen impositivo que roza la calificación de paraíso fiscal, donde numerosas multinacionales norteamericanas asientan sus sedes fiscales para pagar impuestos con una bonificación superior al 5% con respecto a la media europea. Ello significa, que Holanda se embolsa al año cerca de 10.000 millones de euros extras gracias a ese benévolo sistema fiscal. A España le perjudica, al menos, en 1.000 millones de euros al año.

El otro país que tradicionalmente lidera la ortodoxia europea y el agravio hacia el sur europeo es Alemania, cuyos dirigentes ya han olvidado, además de su terrorífico pasado, que la reunificación del país, tras la caída del muro de Berlín, fue  financiada con fondos europeos Objetivo 1, lo que significó la reconstrucción y modernización de la Alemania del Este en un tiempo récord. La unificación alemana trajo consigo el fortalecimiento de su economía y, sobre todo, de su moneda, en torno a la cual se diseñó poco después el euro. Una posición de privilegio.

Desde ese fortalecimiento, las empresas alemanas se financian a unos costes mucho más bajos que, por ejemplo, las empresas españolas. Empresas alemanas que luego son las que venden a los países del sur sus bienes de equipo y maquinaria. Y con los excedentes, esos empresarios alemanes invierten en las costas del sur en sectores claves como la Construcción, la Hostelería y el Turismo. Si estos sectores no repuntan, los inversores alemanes acumularán grandes pérdidas. Por eso, estos alemanes son tan insolidarios que están presionando al gobierno balear para que les permita viajar ya a sus segundas residencias en las islas y reabrir sus negocios bajo la amenaza de desinvertir en el archipiélago.

No se dan cuenta estos germanos que la única manera de que los países del sur sigan comprando bienes de equipo a las empresas alemanas es llegar a un acuerdo en la Unión Europea para hacer frente a la crisis derivada del coronavirus. Los problemas del sur terminarán afectando a los países del norte.

La Unión Europea debe dar una respuesta definitiva antes del 6 de mayo, pero se antoja que va a ser más de lo mismo, lo que obligará a un replanteamiento de Europa tras la crisis del coronavirus. La desafección sigue creciendo. Europa no puede seguir, cuatrocientos años después, tratando de imponer la mentalidad calvinista del norte a los pecadores católicos del sur. Ay, las guerras de religión reconvertidas en guerras económicas.