Segunda quincena de agosto. Baden Baden en las ciudades y dolce far niente en las costas y en el campo. Media España arde en fiestas patronales en un mundo rural rejuvenecido y la otra mitad se refresca en las playas o ve atardecer en las terrazas de los bares urbanos. Un tiempo para noticias imposibles. Reales, pero increíbles. Cuentan desde los Estados Unidos de América que el presidente Trump quiere comprar a Dinamarca la isla de Groenlandia. No es ninguna tontería. A este paso, después de Groenlandia podrían venir ofertas a Portugal por las Azores o a España por las islas Canarias. Todas estas islas tienen algo en común: su valor estratégico en mitad del Atlántico.

Cada vez más enrocado en la teoría (presidente Monroe) de América para los americanos, a Trump alguien le ha contado –quizás haya visto un documental de la Fox- de cómo el amplio territorio de la antigua Luisiana, en el corazón de la América profunda, pasó hace algo más de dos siglos de manos francesas –antes había sido de España- a norteamericanas por efecto de una compra-venta. En 1803 el emperador Napoleón vendió por un puñado de millones de dólares de los de entonces al presidente norteamericano Jefferson este gran territorio, que abría a las antiguas trece colonias su acceso al Pacífico. Napoleón vendió la Luisiana a los americanos para consolidar el crecimiento de los Estados Unidos como futura gran potencia frente al mastodóntico imperio británico.

Ah, el todopoderoso dólar. Y la visión imperialista de Trump. El presidente norteamericano  no duda en echar un pulso a China, el imperio emergente del siglo XXI, y, al mismo tiempo, ningunear a una Europa decadente, incapaz de rentabilizar política y económicamente la Unión Europea. Con Gran Bretaña iniciando su salida definitiva de Europa a través de un duro Bréxit, Trump aprovecha la canícula agosteña para ridiculizar un poco más a esta Europa dividida, cainita y enfrentada a sí misma. Fiel a su historia centenaria. Decadencia total de la idea europeísta democristiana y socialdemócrata surgida de las cenizas de la II Guerra Mundial.

Seguramente antes se derretirán los glaciares de Groenlandia por efecto del cambio climático –algo en lo que no cree Trump- que la enseña de las barras y estrellas ondee en la isla danesa. Pero ni esta amenaza surrealista servirá para hacer reaccionar a Europa. Aquí, en Europa, andamos disfrutando de nuestro particular dolce far niente mientras, por ejemplo, dejamos que cientos de inmigrantes naveguen sin rumbo por el Mediterráneo. Trump construye muros contra la inmigración y Europa cierra sus puertos al asilo y la solidaridad. Provocamos una guerra en Libia –y en otros muchos lugares- y luego nos desentendemos de sus consecuencias. En el fondo no son razones económicas las que están en juego sino la idea misma de la construcción de la Unión Europea.

Tras la anestesia de agosto vendrá septiembre y con este mes frontera, el otoño caliente que se nos avecina. Hay datos que presagian una nueva recesión económica en Occidente. Por de pronto, el motor económico germano ya se ha gripado. El Bréxit británico abrirá una vía de agua que hará peligrar la estabilidad del barco europeo, mientras Italia, como ya es tradicional, ensaya actualizar populismos parecidos a aquellos que llevaron a Europa no hace tiempo a la gran tragedia. Y Argentina se posiciona al borde del precipicio, al borde de la quiebra. Sí, otra vez.

Ay, Groenlandia, la gran, frígida y deshabitada isla danesa convertida en un símbolo de la irracionalidad que se va imponiendo en el mundo.