Antonio Núñez

No me he sobrepuesto aún a la noticia de la muerte de Antonio Núñez, uno de los grandes periodistas de la historia moderna de la provincia leonesa. Sin exageraciones. Amigo, maestro y referente profesional. Solo tenía 67 años y aunque prematuramente retirado de la vorágine diaria periodística conservaba su ácido análisis de la actualidad. Ahora se puede decir que fue un periodista de raza, pero fue así. Provocador, independiente, riguroso, agnóstico y crítico. Qué años aquellos de finales de los setenta y principio de los ochenta cuando el periodismo sí era de verdad una profesión peligrosa en una sociedad ultraconservadora y retrógrada como la leonesa.

Núñez fue durante muchos años corresponsal de El País y eso le servía de salvaguarda y le otorgaba cierta impunidad en aquella sociedad que se resistía a dar un paso firme hacia la democracia.

Antonio Núñez fue decisivo en mi carrera profesional. Quiero destacar tres momentos importantes:

1) Cuando yo llegué a Diario de León en 1978 como periodista en prácticas, allí estaba ya Núñez, imponiendo su sabiduría profesional con cierta tiranía. Cada día exhibía una lista de temas de actualidad que mostraba a los de prácticas y les advertía que eran de su absoluta exclusividad. Eran años en los que el periodista salía a la calle a buscar la noticia o historias de todo tipo, sobre todo humanas. No había gabinetes de prensa ni notas de prensa y ni mucho menos ruedas  de prensa. El periodista pateaba la calle, las instituciones y exprimía sus contactos para dar con un tema noticiable. Todos envidiábamos su agenda de contactos y su capacidad para convertir en noticia hechos, en principio, insignificantes.

A pesar de esta especie de dictadura profesional, los nuevos jóvenes profesionales queríamos ser como Núñez. Fue nuestro modelo a imitar: inquisidor, duro, peleón, ácido, respetado y riguroso. Un gran profesional. Y él disfrutaba con aquella cohorte de aprendices, a quienes de vez en cuando invitaba a un vino en los bares cercanos a la redacción de Pablo Flórez o a un güisqui si era de noche.

2) Mi primer contrato laboral en Diario de León en 1980 fue gracias al hueco que dejó precisamente Antonio Núñez en la redacción, de la que fue despedido por impulsar en 1979 una huelga de periodistas para exigir mejoras salariales y laborales en aquel Diario de entonces, controlado por el Opus Dei y con una línea editorial casi de extrema derecha y muy ligada al mundo empresarial heredero de las castas franquistas provinciales. Núñez dio la cara y se la partieron profesionalmente.

Y 3) Cuando en 1985 el entonces presidente de Diario de León, el constructor Servando Torío, me ofrece ser director del Diario, solo le impongo una condición: fichar a Núñez. Si de verdad se quería iniciar una nueva etapa en el Diario era imprescindible romper con el pasado, ganar credibilidad y qué mejor manera de hacerlo que fichar a un periodista de izquierdas, corresponsal de El País, crítico y látigo de lo convencional. Torío me puso a su vez otra condición, que Núñez pidiera disculpas a Ángel Panero, empresario que había sido presidente de Diario de León y quien nunca perdonó a Núñez sus crónicas periodísticas en El País sobre el seguimiento de la histórica huelga de la Construcción en la provincia de León. Me costó convencer a Núñez, pero, al final, accedió. Creyó en mi proyecto para el Diario, hizo de tripas corazón y juntos fuimos a ver a Panero, primer presidente de la Fele, para escenificar una especie de disculpa que lograse su visto bueno para que Núñez regresase al Diario. Lo conseguimos.

El éxito de aquella etapa reformadora y modernizadora de Diario de León se debió en gran parte a la contribución profesional de Núñez, a su carisma, experiencia, visión de futuro y buen escribir. Fue un compañero generoso.

Como artesano de la profesión, Núñez era alérgico a la introducción de las nuevas tecnologías en el mundo periodístico. Le costó adaptarse a la era de los ordenadores porque su manera de trabajar era el contacto directo, meter el dedo en la llaga de la noticia, pisar la calle, marear a por teléfono a su interlocutor y contrastar, siempre contrastar los hechos.

Irónico, mordaz, dotado con un inteligente sentido de humor negro, al final Núñez sembró de autoridad el estilo de la crónica política. También aquí fue uno de mis maestros. Siempre tuvo una enorme capacidad para separar el grano de la paja y acertar en sus análisis económicos y políticos.

Núñez se nos ha ido por la puerta falsa, casi con urgencia y con alevosía. León pierde a un gran periodista, injustamente olvidado en los últimos años, incluso por  nosotros, sus compañeros y amigos, a quien tanto debemos. Pues que se preparen en la dimensión a la que ahora va porque no va a dejar títere con cabeza, como hacen allí donde estén los auténticos periodistas de raza. De esos que ya no existen y a quien tanto echamos de menos.