A todos los que defienden lo indefendible,

Vaya por delante que nadie es perfecto, pero sí que es cierto que si tengo que elegir un defecto como el peor de todos, no tengo ninguna duda de que es la hipocresía. Y para mí la razón es que todo buen hipócrita debe reunir una serie de «cualidades» adicionales para serlo.

Un buen hipócrita debe ser ante todo un buen farsante, saber manipular y mentir, poseer una doble moral (o lo que es peor, creerse poseedor de cierta superioridad moral), no tener escrúpulos y aderezar todas estas «virtudes» con una buena dosis cinismo y egocentrismo.

Pero eso sí, el que esté libre, que tire la primera piedra. Porque ¿quién de nosotros no ha fingido alguna vez creer, opinar o sentir algo para encajar, para no perder o para conseguir algo que quería?.

El problema es cada vez son más los que adoptan la hipocresía como estilo de vida y así la epidemia no solo se extiende, sino que alcanza las esferas de la influencia y el poder, normalmente a través de personas carismáticas y aparentemente encantadoras que siempre encuentran la forma de justificar su comportamiento.

No importa que descalifiquen a los poderosos hasta que ellos llegan al poder, que se alíen con aquellos a los que despreciaron, que digan sí donde dijeron no (o peor, que hagan exactamente lo contrario a lo que dijeron), que no se sonrojen cuando se les enfrenta a la hemeroteca o que hablen de derechos humanos mientras blanquean regímenes opresores y totalitarios (o peor, a grupos terroristas).

Peter Baelish – «Meñique» – en la exitosa saga literaria Juego de Tronos de George R.R.Martin es uno de los personajes de ficción que mejor encarna la ambición y la hipocresía en la política. Y aunque en ocasiones la realidad supera la ficción, prefiero no herir sensibilidades porque una vez más, no se trata de bandos sino de algo contra lo que, como ciudadanos, debemos luchar venga de donde venga.

¿Se imaginan que un político español dimitiese por dar positivo en un control de alcoholemia? ¿o por haber intentado ocultar una infracción leve de tráfico pidiendo a su pareja que la asumiese? ¿o por plagiar una tesis doctoral? ¿o por escribir en una red social que si se cruzase con un periodista crítico le daría «dos bofetadas»? ¿o por cargar llamadas o servicios personales al erario público?. Todos los casos anteriores han sido causa de dimisión en otros países europeos.

Pero no, en España esto sería imposible. De hecho el caso de España es especialmente escandaloso: sólo hace falta elegir un político, ver sus últimas declaraciones y contrastarlas con la hemeroteca. O ver los casos de mentiras, contradicciones y corrupción que han copado titulares – y mantenido ocupados a los jueces – en los últimos años. De todos ¿cuántos han dimitido?. De motu propio, bastante pocos, por no decir ninguno.

Hoy mismo me viene a la cabeza un ministro que en las últimas horas ha dado cinco versiones de su encuentro clandestino con cierta vicepresidenta de cierto gobierno latinoamericano no sólo ha negado que vaya a dimitir, sino que ha afirmado que «a él no le echa nadie».

Y es que nuestros políticos – reitero una vez más que incluyo a todos los bandos y colores – están tan comprometidos con sus responsabilidades que a ellos nada les aparta de su deber de servir al ciudadano: ni grabaciones de sus reuniones con personajes de dudosa reputación, ni escándalos de corrupción y prevaricación, ni desviaciones de fondos públicos, ni contradicciones, ni abuso a sus trabajadores, ni mucho menos mentir en sus curriculums.

Lo peor es que todos acabamos justificándolos porque al fin y al cabo, son políticos ¿no? Tristemente aquí la hipocresía es una «cualidad» que se les presupone, eso sí, muy criticable siempre y cuando el hipócrita pertenezca a un bando diferente del nuestro.