Afortunadamente, ni la uralita ni la desidia, tanto la oficial como la de los particulares, han conseguido acabar con la arquitectura popular en la provincia de León. Es cierto que no se está lejos de conseguir este objetivo, pero lo cierto es que todavía perviven en nuestros pueblos suficientes ejemplos que nos permiten disfrutar de esas arquitecturas, que son parte esencial de la cultura e identidad del mundo rural y que tienen un indudable valor, a pesar de que no sean muchos los que lo reconocen y tampoco los que la respetan.

A este respecto resulta oportuno recordar  lo escrito en su día por la etnógrafa, Concha Casado, poniendo de relieve que “la arquitectura popular constituye un importantísimo patrimonio cultural y arquitectónico, de tanta importancia como las catedrales y los edificios nobles; se trata, en definitiva, de un patrimonio del que debemos enorgullecernos, pero al que hay que cuidar antes de que sea demasiado tarde”.

Resulta curioso y, al mismo tiempo, paradójico como mientras nos gusta presumir de pueblos muy bien conservados, como Castrillo de los Polvazares, no nos importan las  tropelías que se siguen  cometiendo en otros lugares dentro de la misma comarca de La Maragatería o en otras zonas de nuestra provincia que cuentan igualmente con un interesante patrimonio de estas arquitecturas.

Se trata de tropelías que, unas veces se han hecho ante la pasividad cómplice de las Administraciones ¿competentes?, y otras con la intervención decisiva de muchos propietarios que en lugar de afrontar la construcción o restauración de sus viviendas respetando la tipología y los materiales característicos de la arquitectura tradicional han optado por afrontar sus obras aplicando en ellas las soluciones más  innovadoras, chabacanas e inapropiadas, por un mal entendido propósito de diferenciación o presunción, que de todo hay en la viña del Señor.

Basta un recorrido por nuestra provincia para constatar esto. Por ejemplo, en un pueblo de la ribera del Esla existe  un edificio del peor gusto construido con ínfulas `gaudinianas´, que después de muchos años sigue `asombrando´ o asustando a los que lo contemplan. En otro pueblo donde predominan las casas de piedra, sigue en pie otro edificio realizado con bloques de hormigón y apariencia de castillo almenado, que no pasa desapercibido ni en los días de niebla.

Y uno, en su inocencia, se pregunta  por qué han sido posibles estos `horrores arquitectónicos´ y por qué ninguna Administración ha hecho nada por impedirlos o, cuando menos, por corregirlos por las vías que tiene establecidos nuestro ordenamiento jurídico y buen gusto en materia arquitectónica. Parece que los responsables administrativos han mirado para otro lado o que su preocupación por la preservación de este patrimonio no estaba entre los desvelos más inmediatos de su gestión política, tal vez, porque eso de exigir el cumplimiento de normas arquitectónicas o urbanísticas al vecindario, más que dar votos, los quita.

Ahora que tanto se habla del grave problema de la despoblación y ahora que tanto los expertos como los responsables políticos tratan de encontrar soluciones para frenar esa sangría poblacional que afecta, fundamentalmente, a todas las áreas rurales de la provincia, tal vez sería bueno reflexionar sobre la importancia que también puede tener la conservación y puesta en valor de este patrimonio para la generación de actividades culturales o para la realización de iniciativas empresariales que puedan propiciar posibilidades de empleo y, en consecuencia, de asentamiento de la población en el medio rural.

En este sentido, como destacaba no hace mucho un experto en la materia, “debemos concebir el patrimonio como un recurso que es necesario conservar, proteger y valorizar para que se convierta en un instrumento al servicio del desarrollo de las comunidades rurales, y en un recurso capaz de crear riqueza, nuevos empleos y nuevas actividades”

Retomando el emblemático ejemplo de Castrillo de los Polvazares se puede constatar como su buen estado de conservación, con el valor añadido del cocido maragato, ha convertido a este pueblo en una referencia esencial para muchos viajeros que todos los fines de semana se desplazan hasta él para disfrutar del indudable encanto de su arquitectura, de su urbanismo tradicional y de su gastronomía.   Porque todo suma y nada sobra cuando se trata de alcanzar objetivos comunes.

Por todo ello, considero que lo conseguido en esa localidad maragata se podría lograr en otros muchos pueblos de la provincia si las cosas se empiezan a hacer bien, comenzando por  el respeto hacia todo aquello que es parte esencial de nuestra identidad como la arquitectura popular.