Primero fueron las «burbujas económicas», muy especialmente la «inmobiliaria», que es quizá la que más recordamos todos, quizá porque sus devastadores efectos – que más allá de económicos desembocaron en un problema social – siguen muy presentes hoy. Pero en mi opinión hay una burbuja aún más peligrosa: la política.

Los partidos se han convertido en «agencias de colocación». Vivimos en lo que algunos han venido a denominar «capitalismo de compadrazgo» donde se empieza aupando a posiciones de poder muy relevantes en el gobierno a gente que no tiene otro mérito que haberse afiliado a un partido en su juventud y se les acaba colocando a través de puertas giratorias en puestos que la mayoría de las veces son innacesibles para la gente más preparada para ocuparlos.

Si es cierto que son pocas las veces en la historia en las que la política se rigió por meritocracia – el gobierno de los mejores – creo que a pocos se les escapa que hoy día la mediocracia se ha instalado en nuestra sociedad de forma preocupante (al final las instituciones políticas no dejan de ser el reflejo de la sociedad a la que representan).

Alain Denault definió la mediocracia como el «gobierno de los mediocres». Y es que nuestro principal problema es que – como dijo Denault – el sistema no favorece que sobresalgan los mejores ni los más brillantes, sino sencillamente los que «menos molestan» al statu quo. Porque mediocre no tiene por qué significar necesariamente incompetente – aunque muchas veces estos dos adjetivos vayan de la mano – sino más bien alguien del montón, alguien que no aporta nada nuevo porque carece de pensamiento crítico. A pesar de sus títulos (incluidos másters y doctorados).

La regeneración política que necesitamos empieza por aquí, por unos políticos con principios que no sólo no busquen una salida en la empresa privada a través de la puerta giratoria, sino que sean capaces de renunciar a – o interrumpir – una carrera brillante en su campo por ponerse al servicio de todos.