El fracaso de la ministra Nadia Calviño como candidata a la presidencia del Eurogrupo es el fracaso de España como país, del eje franco-alemán europeo, de la socialdemocracia europea y de la coalición del sur frente a los calvinistas del norte y, por el contrario,  el éxito de la renacida liga hanseática, sí la que hace quinientos años estableció la alianza de una serie de ciudades del Báltico, norte de Alemania, Polonia y las limítrofes con la Rusia de los zares para fomentar el comercio libre y crear las bases de lo que luego sería el capitalismo calvinista. Ciudades que se enfrentaron al sacro imperio y al posterior imperio ultra católico de los Austrias. Lo mismo que ahora, 500 años después.

Calviño presentó su candidatura respaldada, se supone, por los países que cortan el bacalao en la Unión Europea: Alemania, Francia y, en menor medida, Italia, y en mucha menor medida, la propia España, con sus aliados naturales del sur como Portugal, Grecia o Chipre.

Al final, se impuso la nueva liga de los países pequeños, esos que apenas representan un 30% de la economía europea, pero que hacen valer el sistema democrático e igualitario de un país igual a un voto, con Holanda a la cabeza. Estos países dieron sus votos al representante de Irlanda, un país que goza de una fiscalidad rayana con la competencia desleal y cuyo gobierno vetará siempre, por ejemplo, que Europa imponga impuestos a las multinacionales tecnológicas, como, por ejemplo, la norteamericana Google. Irlanda, Luxemburgo, Holanda, Austria o Dinamarca defienden la Europa de los comerciantes, del dinero, del máximo beneficio, del capitalismo ultraliberal y de la máxima rentabilidad frente a los países que pretenden la unidad política o la uniformidad fiscal, entre otros objetivos. Para aquellos países, el sur de Europa es el paraíso de la frivolidad, el ocio, el bienvivir con el mínimo esfuerzo, herederos de la mentalidad de la expiación. Las guerras de religión convertidas ahora en guerras económicas.

Este es el duro escenario en el que la Unión Europea va a comenzar esta semana a debatir, por un lado, los presupuestos europeos para los próximos años y, por el otro, el cuánto y el cómo del fondo de reconstrucción, que se comenzará con una cantidad de 750.000 millones de euros y que la nueva liga hanseática intentará rebajar sustancialmente y  después luchará para que la resultante sea su mayor parte en préstamos, con duras condiciones y avales, y la menor, como dinero a fondo perdido.

La derrota de Calviño ha puesto en evidencia la pérdida de la hegemonía del eje franco-alemán, un dúo invencible hasta ahora en la Unión. Autoexcluida Gran Bretaña, Alemania consideraba que los países de Este la iban a seguir al acostumbrado paso teutón de la oca y que a Francia le sería fácil conseguir los respaldos de los tradicionales pactos de familia con España, Italia o Portugal. Pues, no. Ya no es así.

La liga hanseática ha medido sus fuerzas, ha tenido un primer éxito y ahora preparan la batalla de la cumbre de gobiernos y jefes de Estado de esta semana. Su objetivo: Solidaridad sí, pero con duras condiciones, nada de dinero gratis ni aunque sea para luchar contra los efectos de la pandemia del coronavirus. Países  necesitados de una abundante y rápida financiación deberán ir preparándose para aplicar duros ajustes, reformas sobre reformas y a pagar intereses a corto plazo, a la vez que compromisos firmes para rebajar la deuda pública y el déficit.

Y, ojo, los futuros recortes en los presupuestos plurianuales europeos pueden afectar a los fondos de cohesión y a la PAC. ¿Se acuerdan de la crisis de 2008/2009, que aún no hemos superado? Pues si ganan los hanseáticos, la solución para España será mucho peor.