En el sistema financiero, al igual que en el político, también hay líneas rojas. Y han sido precisamente esas líneas rojas las que han hecho fracasar, como era de esperar desde hace tiempo, la tan anunciada fusión entre dos bancos pequeños, Unicaja y Liberbank. Ya se sabe que la suma de dos entidades pequeñas no crea una mayor sino otra pequeña. Es lo que ha pasado en este caso. La suma de los activos de estos dos bancos apenas sobrepasaría los cien mil millones de euros. Teniendo en cuenta el coste de la reestructuración y la necesidad de mantener un alto ratio de capital de alta calidad, el resultado de la suma era insuficiente.

Pero, además, estaban las líneas rojas, esas líneas invisibles que marcan territorio y, sobre todo, poder. Unicaja  dejó bien claro su propósito al inicio, hace ya casi un año, de la negociación de la fusión con Liberbank: no bajarían del 60% de la representación en el nuevo banco. Liberbank se quedaría en el 40%. Unicaja ya había conseguido mantener la presidencia ejecutiva del nuevo banco y la sede social, que se iría a Málaga (más impuestos y más prestigio social y económico para Málaga).  Bajar del 60% de la representación en el nuevo banco hubiera hecho que la Fundación Unicaja, presidida por el maquiavelo Braulio Medel, fuera inferior al 30%. Anatema. Es una cuestión de prestigio, de rentabilidad y, sobre todo, de estrategia de futuro. Medel considera a Unicaja, en términos andaluces, como su cortijo. Y piensa sacar la máxima rentabilidad. Hace un par de años ya se le pasó por la cabeza vender Unicaja al Santander. La Fundación Unicaja, que ostenta la mayoría de las acciones de Unicaja Banco, habría salido muy beneficiada. Pero al Santander no le interesaba en ese momento, interés que pudiera renacer a medio plazo, una vez que la familia Botín digiera la absorción del Popular. Es cuestión de tiempo. Y, además, al Banco de España y al BCE les interesa  más que un banco grande se quede con uno pequeño, como Unicaja, que bancos pequeños anden jugando a fusiones. Que las fusiones, como ya se vio con las cajas de ahorro, las carga el diablo. Y el diablo no entiende de ratios de capital de alta calidad, de solvencia o de eficiencia.

En Liberbank sucede algo parecido, en vez de una fundación, allí el máximo accionista es Oceanwood, a cuyos dirigentes les gusta más la opción de unión con Abanca (aunque no cotice en Bolsa) que acabar de trofeo en un cortijo andaluz. Y allí está Manuel Menéndez, presidente, y tan terco y maquiavélico como el andaluz Medel. Los dos dicen defender los intereses generales de sus respectivos accionistas, pero lo que en realidad defienden son sus convicciones, sus carreras, sus prestigios, sus reputaciones y las lealtades respectivas hacia los grupos sobre los que de verdad se sustentan su poder. Como siempre. Al accionista se le tiene contento con la mayor retribución de dividendo  posible y ya está. Aunque en algunas ocasiones haya que hacer ingeniera contable.

¿Qué va a pasar ahora? Pues, primero, que Sánchez forme gobierno en el mes de junio y nombre al nuevo ministro de Economía. Segundo, que termine y se sentencie el juicio contra Rato y quienes sacaron a Bankia a Bolsa en una operación, posiblemente, fraudulenta desde el inicio. Y que el Banco de España queda liberado de esa pesadilla. Que recupere su prestigio, es más complicado, necesitará mucho tiempo. Y, tercero, que el Banco Central Europeo dé otra vuelta de tuerca a las necesidades de capital de la banca.

Cuando se cumplan esos tres requisitos, de nuevo se pondrá en marcha otra reestructuración de la banca en general, de la que los Eres anunciados por el Santander y CaixaBank, con el despido de casi 5.000 empleados, es sólo la punta del iceberg. Vienen malos tiempos para banca. Y peor para sus empleados. Otra vez.