El pasado 16 de febrero decenas de miles de leoneses se manifestaron para exigir “soluciones ya” a la calamitosa situación económica por la que atravesaba –y sigue atravesando- la provincia. Días después, el 28 de febrero, miles de agricultores y ganaderos traían sus tractores a la capital leonesa para reclamar, asimismo, soluciones. El clamor popular fe tan asfixiante que, por una vez, los políticos y las instituciones reaccionaron y propusieron como solución un marco de diálogo social mediante la Mesa por el futuro de León. En esa mesa se sentaron casi todos: sindicatos, patronal Fele, Gobierno, Junta y Diputación. Faltaron, por omisión, la patronal CEL y los grandes ayuntamientos. Tras la primera reunión, el presidente de la Diputación, Eduardo Morán, como portavoz  hizo, quizá, su mejor intervención pública en mucho tiempo al anunciar un espíritu de diálogo y de consenso, la voluntad de proponer alternativas y una serie de medidas inmediatas, como la creación de una agencia técnica que impulsaría el funcionamiento de la Mesa y la búsqueda urgente de un técnico independiente y de reconocido prestigio para ponerse al frente de la operación. Diputación ponía a disposición de la Mesa sus propias instalaciones.

Pero llegó el coronavirus y el posterior estado de alarma y el espíritu de la Mesa por el futuro de León se diluyó como un azucarillo. Cierto es que la urgencia era sanitaria, pero ni siquiera cuando la maldita curva estuvo vencida nadie volvió a acordarse de la Mesa por el futuro de León y eso que en estos casi tres meses de confinamiento y paralización de la economía, la situación de León no ha hecho nada más que empeorar. Gobierno, Junta y en medida de sus posibilidades Diputación y ayuntamientos se han lanzado a poner en marcha medidas de urgencia para evitar el derrumbe total de la economía y, sobre todo, para amparar a los damnificados de la tragedia: los trabajadores, en primer lugar, seguidos de pymes, micropymes y autónomos.

Es muy posible que muchas de esas respuestas a una catástrofe de incalculables consecuencias y excepcional en la historia se hayan tomado de forma precipitada y hasta de manera descoordinada. Pero es que no había precedentes. Sumando las iniciativas de todas las instituciones se han puesto en el mercado miles de millones de euros para amortiguar las consecuencias de la crisis. Y todos han colaborado, desde el ayuntamiento más pequeño hasta el Gobierno central. Y se espera que esta vez sí la Unión Europa ayude de forma eficaz. Pocas veces se han puesto en marcha tantos recursos económicos y financieros para paliar una crisis que nadie vio venir y que nadie sabe a ciencia cierta cómo va a acabar.

Pero casi tres meses después, el panorama  no puede ser más desolador. Los políticos, en general, se han convertido en una máquina de crear problemas en vez de soluciones. No hay nada más que echar un vistazo al Congreso de los Diputados, al Gobierno central y a la crisis abierta en la Junta con una dimisión absolutamente inoportuna, que pone de relieve profundas divisiones en el seno de la coalición de gobierno. La propuesta de unos nuevos Pactos de la Moncloa ha derivado en una comedia bufa parlamentaria, mientras el Gobierno central no para de abrir nuevos frentes de guerra con  toda la oposición, con su socio el PNV o ERC, con la Guardia Civil, con la Unión Europea o con todas y cada una de las autonomías con tanto cambio de criterios y bailes de cifras de la desescalada. Bandazos y descoordinación.

Un auténtico desastre y, mientras, el barco se hunde. Y como broche de hojalata, a los empresarios de la provincia de León, encabezados por el CEL, no se les ocurre otra  cosa que imitar a las movilizaciones populistas de la extrema derecha y anunciar concentraciones de protesta, cabreo de indignación contra todos, especialmente contra el Gobierno central.

Con la que está cayendo, León necesita no echar más leña a la hoguera sino a empresarios de sangre templada y cabeza fría para hacer lo que se supone que saben hacer bien: medir riesgos, elaborar proyectos de futuro, calcular inversiones, buscar apoyos y financiación, y liderar iniciativas realistas y creíbles a cambio, claro está, de una rentabilidad adecuada. Estos empresarios, sobre todo los grandes empresarios, deberían plantearse qué pueden hacer ellos por su país, por su provincia, en estos momentos de incertidumbre en vez de centrar sus esfuerzos en promover manifestaciones para exigir lo que el país puede hacer por ellos. Hace falta cooperación, no confrontación.

Para carne de cañón ya está el ciudadano de a pie, que volverá a ser el gran sufridor. Porque, al igual que lo sucedido en la crisis de 2008, ahora, de nuevo, la segura devaluación de los salarios y la consiguiente precariedad laboral serán la base de la reconstrucción. Una reconstrucción que será tan ficticia e irreal como la de la crisis financiera que aún no habíamos superado cuando nos atacó el coronavirus. Al tiempo.