La más que previsible e inminente guerra comercial entre Estados Unidos y la Unión Europea llega en el peor momento para la economía española. Los norteamericanos van a gravar con hasta el 25% una serie de exportaciones europeas, entre ellas numerosos productos agroalimentarios españoles. Este anuncio es preocupante porque precisamente han sido las exportaciones las que han mantenido el crecimiento de la economía española en el último trimestre en un discreto 2%. Si ahora esas exportaciones se ven amenazadas por los nuevos aranceles norteamericanos, el crecimiento de la economía española puede terminar el año por debajo de ese 2%, la barrera mítica, por debajo de la cual, España ya no crea empleo. Ni aunque sea precario.

Si a la amenaza norteamericana se suma la ya conocida guerra comercial entre China y Estados Unidos y, sobre todo, el fin del plazo para que Gran Bretaña abandone la Unión Europea, a través de un Brexit duro, la economía española se va a resentir aún más. Y su crecimiento se va a ralentizar un poco más. Esta semana la economía ha dado dos serios avisos: en septiembre se ha creado mucho menos empleo que en años anteriores y las Bolsas, que en este caso son un indicador de futuro, se han dado un batacazo monumental. El Ibex vuelve a los números rojos.

Todos estos indicadores negativos, a los que se podrían añadir el estancamiento de la economía alemana o la disparatada deuda pública española, no presagian nada bueno. Crece el pesimismo en sectores claves como el empresarial o las familias. Y si los empresarios no invierten por miedo a la incertidumbre y si las familias no consumen por el mismo motivo, el resultado puede ser catastrófico.

Por otro lado, a estas alturas del año, el Gobierno debería estar ultimando su informe sobre el techo de gasto para el próximo año y, al mismo tiempo, elaborando un primer proyecto de Presupuestos Generales del Estado para el 2010. Ante la ausencia de estos documentos claves, Europa volverá a dar un serio aviso a España, pero el Gobierno español se lavará las manos y se excusará alegando que todo dependerá del resultado de las elecciones generales del 10-N. Y así es, lo que sucede es que al final 2019 va a ser otro año absolutamente perdido. Otro año sin haber llevado a cabo las grandes reformas pendientes y, sobre todo, sin haber diseñado propuestas para intentar minimizar los efectos de la crisis económica que se avecina.

¿Qué política fiscal se debe aplicar para prevenir los efectos de la crisis? ¿el Gobierno ha de aplicar una estrategia expansionista o de recortes? ¿se puede volver a sobrepasar el techo del déficit público? ¿la deuda pública puede aguantar más gasto? ¿cómo se van a financiar los incrementos de las pensiones y de los salarios públicos, así como la llegada de una nueva oleada de parados? ¿de dónde se va a sacar el dinero para pagar la deuda que el Estado tiene contraída con las comunidades autónomas?

Ante problemas similares, el anterior presidente del Gobierno, Rajoy, se hacía el gallego y aspiraba a que los vientos favorables de la coyuntura arreglasen los agujeros; ahora, el eterno presidente en funciones, el socialista Sánchez, aspira a convocar tantas elecciones generales como necesite para conseguir la mayoría parlamentaria deseada. El tiempo corre en contra de los intereses generales de España, pero da igual. El objetivo es vencer, no convencer.