El mítico bar americano del hotel Conde Luna de la capital leonesa cierra sus puertas para trasladarse al nuevo complejo hotelero “Marcela”, que la propiedad del citado hotel está a punto de inaugurar en la plaza de San Marcelo, en pleno centro de la capital leonesa. Al frente del nuevo local seguirá Manolín o Manogín, es decir Manuel Álvarez Pintado, el último barman de León, quien lleva 25 años al frente de este bar tan especial y 45 de profesión.

Hace un par de años le dediqué a Manolín una última página en el diario “El Día de León”. Creo que el mejor homenaje que le puedo rendir en estos momentos es reproducir el texto de aquel reportaje. Sigue vigente y actual. Este es el texto:

“Es, quizá, el último representante de una profesión de película y en extinción: Barman. En un bar americano. Y no en Casablanca sino en León, en el hotel Conde Luna. Manuel Álvarez Pintado es el nombre que figura en su acta de bautismo. Su nombre de cine, de profesión, de guerra es Manolín. O Manogín, la simbiosis de su personalidad y uno de los productos estrellas que ofrece a sus leales clientes: el gin tonic convertido en manogín. ¿La diferencia? Un ingrediente secreto, años de experimentación y profesión, una sonrisa y mucha labia. De la buena. Palabras que envuelven y crean un ambiente íntimo, confidencial, cercano, familiar. El mejor para disfrutar de una copa, un vermú, una cerveza  o lo que Manolín recomiende.

“Valgo más por lo que callo que por lo que digo”. Discreto, como un viejo párroco de su pueblo, Huerga del Río, de donde salió siendo un crío en busca de fortuna en la capital. Sus armas son una coctelera de plata, mucha mano izquierda, algo de psicología, bastante de sacerdocio, simpatía y una larga trayectoria de profesión bien ejercida. Y excelentes productos, licores de primeras marcas y precios asequibles.

Manolín
Manolín, el último barman de León/ AB

“Yo no sirvo al cliente, lo atiendo”. Esa es una de las claves de su éxito. Cada vez que entra un cliente en su bar americano lo deja todo, le saluda, le acomoda, a ser posible, en la barra, le pone unos pistachos y unas excelentes almendras tostadas y, luego, ya le puede servir. “No cuesta nada ser amable y educado”. Una regla de oro, que, desgraciadamente, se va perdiendo en la profesión.

43 años de camarero y 23 al frente del bar americano del Conde Luna daría para escribir muchos libros. Por este espacio lo más parecido a un pub inglés, iluminado con luz tenue y banquetas tapizadas en terciopelo rojo, han pasado muchos viajeros ilustres, pero, sobre todo, generaciones enteras de leoneses. “Don Antonio Piva, el abuelo, reabrió este bar americano y, el director, don Álvaro, confió en mí. Pasé de la cafetería al bar americano y aquí sigo. Orgulloso, feliz y agradecido”.

Lleva en la médula la profesión de barman. Debe ser innato,  consustancial a su forma de ser y a  su manera de enfrentarse a la vida. Vocacional.  Su universidad ha sido la barra de un bar y, el  doctorado, el bar americano del Conde Luna. “Aquí no hay secretos. Sólo tener ganas, dedicación, interés y ofrecer lo mejor de uno mismo. Ser natural y buen profesional”. Y, ojo, mantener las distancias. “Nunca tuteo al cliente, aunque éste lleve veinte años viniendo todas las semanas. El día en el que yo tutee a un cliente, ese día dejaré de ser Manolín para convertirme en Manolo, un barman normal.” Esa es la diferencia. Manolín es una marca de garantía. Imprime carácter y genera confianza. Cercanía y profesionalidad. Ver, oír y callar es un ejercicio  que requiere oficio e ideas muy claras.

Es, además, un seductor. Capaz de cambiar con absoluta normalidad la voluntad de un cliente y si ha pedido una cerveza hacerle cambiar de opinión y servirle un mano gin. O un solomillo con huevo de curra tranca la gatera, un plato contundente, cuya historia sólo cuenta Manolín a sus clientes en el ambiente confidencial de su bar americano. Delicioso.

Está casado con una compañera de trabajo y a pesar de ello se confiesa feliz. Tiene dos hijos, ninguno en la misma profesión, va y viene al trabajo en moto y es respetuoso con las tradiciones. “Yo descanso el domingo. La mañana es para el día del Señor; y la tarde, para la señora”. Sonríe irónico. Complacido. Como demuestra cuando un cliente le pregunta cómo está. Su respuesta siempre es la misma: “Entre bien, muy bien y excelente, casi rozando la perfección y con tendencia a mejorar y así quiero que estén mis clientes”.