Escribo estas líneas para tratar de abordar el diagnóstico de la situación en la que nos encontramos, a partir de un acontecimiento que está cuestionando toda la credibilidad política en materia sanitaria, y lo que es peor, injustamente, de nuestro modelo de sanidad.

Parto de la premisa que la pandemia viral en España, de resultados tan catastróficos como dramáticos, tiene una lógica que convendría explorar con el fin de extraer sus consecuencias; única manera que tenemos, los humanos, de aprender a partir de nuestra propia ignorancia. Ya he mencionado, en otros textos, la escasa credibilidad que se otorgó a todo aquello que acontecía en China, tanto en cuanto a medidas preventivas sobre grupos de riesgo como terapéuticas. Aspectos que, si la soberbia de Occidente hubiera sido menos excelsa, nos hubiera permitido un diagnóstico más certero de nuestra posición inicial en la crisis y un argumento más eficaz a la hora de programar cualquier estrategia o planificación posible. Si a esto añadimos la negación psíquica como elemento estelar del comportamiento humano -por la cual todo suceso traumático tiende a no ser reconocido en su justa medida-, y el interés económico que suele primar en nuestra sociedad del beneficio, disponemos entonces, de los ingredientes para ubicar el fracaso de la táctica inicial, tanto en materia de evaluación diagnóstica como de abordaje de la infección. A partir de aquí, como consecuencia de la mala interpretación, se encadenarían una serie de factores que harían que el manejo de la pandemia fuera siguiendo un ritmo confuso, caótico e improvisado en las altas esferas y ausente, por completo, de cualquier suspiro de lógica o de previsibilidad más allá del desconcierto que tiende a generar este tipo de sucesos en la mente humana. De ahí nuestros resultados hispanos tan trágicos, adormecidos en estadísticas aún por confirmar, de manera convincente, que tanto nos desconciertan.

Por ejemplo, la alta tasa de mortalidad con respecto a otros países, no es fruto del azar ni mucho menos del empuje de la propia enfermedad, sino más bien de la falta de previsión, desprotección y abandono sistemático de los grupos más vulnerables: enfermos de riesgo y sobre todo, ancianos. Si desde el primer momento que se tuvo noticias de la epidemia a través de los testimonios asiáticos sobre el funcionamiento del virus en la población, se hubieran atrincherado nuestras residencias de ancianos, así como todas aquellas personas de edad o enfermos comprometidos, los resultados no cabe duda de que habrían sido muy distintos. Y esto, insisto, no fue por desconocimiento de la información que existía, sino más bien por hacer caso omiso y negligente, de las comunicaciones disponibles. Pero no sólo se actuó en los comienzos sin rigor, a pesar de que era “conocida” la alta tasa de mortalidad en los ancianos, sino que se abandonó a estos colectivos a su suerte, permitiendo que el virus pudiera realizar, de una manera francamente exterminadora, su trabajo lento como pertinaz. Por otra parte, en todo momento, fruto del desconcierto preliminar generalizado, se abordó la situación desde la confusión y falta de liderazgo, que el hecho requería. No entro a valorar, aunque merece la pena tener en cuenta, cuál de los sistemas políticos -centralización, federalización o autonomías, se ha mostrado más efectivo en la crisis, porque con los datos disponibles no es posible valorar suficientemente. Pero no cabe duda de que el sistema autonómico español, tal como ha funcionado, no ha beneficiado para nada la contención de la pandemia. De ahí todo ese rosario de despropósitos con los que se han encontrado los profesionales sanitarios, verdaderos “héroes” del sistema, junto a otros colectivos: ausencia de directrices claras, falta de material sanitario para la protección o el diagnóstico, insuficientes medidas terapéuticas, improvisación auto-organizativa en los centros, titubeos iniciales acerca del confinamiento o no, de la población…, que muchos han experimentado desde la angustia y la impotencia. En fin, todo un descalabro inaugural que no tiene tanto que ver con el acontecimiento, sino con la incapacidad política para asumir el control y la marcha de un proceso, que exige, precisamente, en situaciones límite, de protagonistas esenciales que la historia tiende alabar o condenar. Pero, en nuestro marco, la falta de instituciones de salud pública, desmantelada con alevosía y sin rigor por los anteriores gobiernos –entendiendo dentro de su lógica hipermoderna, que la salud pública y comunitaria era un anacronismo de la historia-, o de organismos de esmerada investigación y autonomía, o de profesionales expertos independientes, nos ha dejado a merced del mal, o lo que es peor, sin una orientación ni estrategia nacional capaz de abordar, con lógica y rigurosidad, un problema tan complejo que, por supuesto, ha desbordado a nuestra clase política, generando un considerable caos, del que aún respiramos su esencia.

Y ahora, una vez que la pandemia comienza a descender por las medidas adoptadas y la inercia de la enfermedad, no se le ocurre otra cosa a las autoridades, fruto una vez más de la escasa valoración, cuando no, del temor e impotencia por lo acontecido, sino que promover el confinamiento hasta una fecha ciertamente imprevisible, dejando además clausurados, hasta fin de año, todos los establecimientos dedicados a la cultura, el ocio, el turismo y demás establecimientos gastronómicos, que son, precisamente, la savia de nuestra producción nacional. De ese modo, la población empieza a sentirse ansiosa y temerosa con la idea de que tal vez no vaya a sucumbir al virus, pero sí a un bloqueo que convendría replantearse con mejor criterio, fruto del desconcierto, la culpa y la zozobra, que aún perduran en la mente de nuestros responsables políticos.

Si los colectivos de riesgo están bien definidos, si el problema de la patología viral se aborda desde una prevención suficientemente conocida, si la inmunización ya está en marcha por el ritmo de curaciones, y si el tratamiento, por otra parte, se sospecha y dispone, aunque en pequeñas cantidades que convendría aumentar, entonces hay que replantear la salida del confinamiento de un modo diferente al enunciado, para no empañar más el conjunto del sistema, tanto en materia económica como en salud psíquica y física.