Lo mejor del debate electoral a cuatro de anoche fue la tertulia improvisada en el plató televisivo una vez que se cerraron los micrófonos. Y destacar, sobre todo, el corrillo que formaron durante un buen rato y en animada conversación Pablo Casado, acompañado de su mujer, y Pablo Iglesias. Intercambiarían análisis, pero lo hacían sin acritud. En corrillos similares el resto de los líderes se entremezclaban en conversaciones plurales para desentumecer tanta crispación. Son las dos caras de la misma moneda. Al final un debate electoral no es nada más que un espectáculo. Una representación teatral. No se pide a ningún candidato que sea sincero sino que sea creíble, que no es lo mismo. Iglesias, de Podemos, recomendó a sus contrincantes en más de una ocasión que no sobreactuasen. Pero es que un debate es eso: sobreactuar, poner de relieve y exagerar los fallos de los rivales y minimizar y ocultar los propios. Y un buen actor necesita trucos y golpes de efecto para impresionar a la audiencia. La verdad es la primera víctima de un debate. Todo es propaganda. Y sobreactuación.

A mí me gustó más el primer debate, quizás más encorsetado, pero más claro, transparente, directo y con mayor número de propuestas. Anoche, hubo veces que más que un debate aquello era un gallinero, un hablar todos al mismo tiempo sin escucharse y una carrera para ver quién cometía el fallo más gordo. Lo único que anoche quedó claro es que la derecha (el centro derecha ya no existe) está totalmente dividida y enfrentada, eso sí, hasta la noche del 28A. Rivera y Casado se disputan ya abiertamente la supremacía. Pero una vez que se conozcan los resultados, los dos estarán condenados a pactar si ganan y al frente se pondrá quien más votos haya tenido. Como en Andalucía. Y si la suma de los votos no les da para gobernar, pues Rivera se convertirá en el nuevo líder de la derecha y Casado deberá replantearse su futuro, por ser gran perdedor.

En la izquierda quedó también claro algo parecido. Iglesias, que estuvo sumamente moderado, constructivo, dialogante, creativo y haciendo propuestas continuamente, aceptó tácitamente la ventaja socialista y se puso a disposición de Sánchez para formar un gobierno de coalición. Esta vez, si la suma de votos da, Podemos no se limitará a dar un apoyo parlamentario a Sánchez. Entrará en el futuro gobierno. Y si los votos no les da, pues ambos, Sánchez e Iglesias, deberán hacer frente a la madre de todas las crisis internas en sus respectivos partidos.

Es decir, ante el 28M ha quedado claro el dibujo de dos bloques irreconciliables, toda vez que Sánchez, por fin, vino a reconocer de forma tácita que es imposible un acuerdo de gobierno futuro con Ciudadanos. Anoche quedaron ardiendo en el plató televisivo las naves del posible entendimiento entre socialistas y (liberales) de Rivera. Ahora, la única alternativa es que el bloque de izquierdas sume los votos necesarios para no tener que echar mano de los independentistas, quizá si de los canarios y vascos, pero no de los esteladistas (independentistas con bandera).

Así que el arreón de precampaña de estos tres últimos días va a ser espectacular. Porque la gran duda sigue flotando en el limbo de la sociología ¿se habrán decidido ya los indecisos?