Cualquier observador razonablemente imparcial puede constatar como hay responsables políticos que están intentando convertir la memoria histórica en un arma arrojadiza y en un recurso partidista para la recuperación de viejos rencores y enfrentamientos entre españoles. Y este hecho no deja de resultar, cuando menos, paradójico  e inquietante si tenemos en cuenta que fue, justamente, la memoria histórica la que sirvió a los protagonistas políticos de la transición de 1975 y a los `padres´  la Constitución de 1978 para construir el nuevo edificio del Estado, tras la muerte de Franco, ese dictador que a día de hoy sigue en fase de destierro y desentierro.

Tanto los protagonistas como los redactores del texto constitucional  eran conscientes de lo ocurrido en el siglo XIX y en 1931 y todos compartían por ello la necesidad que había en ese momento de cambiar rumbos  para asegurar una navegación hacia puertos distintos con el único norte del interés común. Es decir, se recurría a la memoria histórica, aunque con propósitos muy distintos a los actuales y aplicando las necesarias dosis de olvido para poder alcanzar el objetivo propuesto, que era la superación de todo aquello que imposibilitaba la convivencia pacífica de los españoles.

Aunque ahora lo pueda parecer, el empeño no era fácil, teniendo en cuenta las incertidumbres de ese momento y, sobre todo, la vigencia de ese determinismo histórico, que siempre parece acabar llevando a los españoles a ciclos históricos catastróficos, después de breves periodos de bonanza.

Pero, por fortuna, en 1975 se alteró la tradición y no solo no se desenterraron hachas de guerra o viejos demonios  interiores del pasado sino que no tardó  en manifestarse un colectivo y compartido clima de concordia, entendimiento, dialogo, tolerancia, generosidad, y respeto al  contrario, que no tardó en producir extraordinarios logros, el más espectacular, la Constitución de 1978 con la que todos, sin exclusiones, hemos caminado hasta hoy con un balance claramente positivo en materia en la consolidación de derechos y libertades.

Lamentablemente,  este escenario de concordia o de amistad civil, según la apreciación aristotélica,  ha cambiado de forma tan apreciable como inquietante y está siendo sustituido por otro en el que prima la discordia y el cuestionamiento de la arquitectura constitucional y de gran parte de los principios que la fundamentaron. Es decir que la estabilidad constitucional ha dejado de ser un valor apreciable y apreciado para convertirse en un `objetivo´ de estrategia partidista absolutamente necesario para la consecución de un cambio que nadie -salvo sus más directos promotores- parecen justificar o entender.

En este nuevo escenario de discordias y desencuentros,  el adversario ha vuelto a ser enemigo, el sentido de comunidad se ha debilitado y los responsables políticos están demostrando de manera palmaria y habitual su incapacidad para el logro cosas justas y útiles para todos los españoles, como ocurrió durante los años de la Transición. Por ello, no parece ni oportuno ni responsable plantear ahora reformas constitucionales o el derribo de algunos de sus principios mas significativos porque ni existe ese sentimiento de concordia entre todos los españoles, ni la actitud y/o capacidad de algunos responsables políticos parece la más adecuada para llevar a buen fin este propósito

Habrá que esperar a tiempos y sentimientos de concordia, entendimiento y diálogo mejores para afrontar las reformas constitucionales que sean precisas. No hace mucho, durante la intervención de un responsable político en el Congreso de los Diputados, se podía oír que en la política española de ahora mismo sobran números de circo y faltan neurónas. Y es cierto, rara es la sesión en la que alguno de esos diputados asilvestrados,  que representan a partidos no menos montaraces venidos de la periferia, no nos aportan razones para poner en tela de juicio sus capacidades intelectivas.

Pero el déficit no es solo de neuronas; también faltan otros ingredientes esenciales como son la concordia, los compromisos compartidos  y el sentimiento de comunidad para poder afrontar en estos momentos cualquier  reforma constitucional o proyecto político de alcance, con las debidas garantías de éxito, máxime cuando el problema catalán sigue presentando horizontes muy inquietantes, tan inquietantes  como las capacidades de sus más directos responsables.

 

 

Constitución 1978
Portada del texto de la Constitución de 1978