A la espera del resultado final del debate de investidura del candidato Pedro Sánchez a la Presidencia del Gobierno de este martes, una valoración de urgencia de lo visto y oído en el Congreso de los Diputados en la primera jornada es la constatación de división de la clase política española en dos bloques, hoy por hoy irreconciliables, con los puentes de conexión destruidos con descalificaciones repetidas como infamia, traición, golpismo, felonía, antiEspaña o guerracivilista. Y Cataluña en el ojo del huracán. ¡Si Galdós, ayer tan citado –y tan poco leído-, levantara la cabeza!

El candidato Sánchez ha presentado un programa de gobierno en coalición con Unidas-Podemos, ha explicado el espíritu y ha desgranado las propuestas. Podrá gustar o no. Pero lo que ahora mismo necesita España es un proyecto de gobierno capaz de dar soluciones a los problemas pendientes del país. En frente, en la bancada conservadora, todo el problema se reduce a la cuestión catalana, a la amenaza de ruptura de España, a la judicialización del conflicto político. Pero es que hay vida más allá del conflicto catalán. Y muchas más necesidades.  Y reformas urgentes.

Es cierto que Sánchez es un líder egocéntrico y contradictorio y que las circunstancias le han llevado a buscar apoyos entre independentistas de todo tipo. No lo va a tener fácil, si es que el martes sale investido. A ver cómo compagina la gobernabilidad de un país con socios externos que quieren destruir ese mismo país. Su intento es atraer de nuevo a los independentistas moderados a la vía constitucionalista. No soy nada optimista, dada la radicalización de los independentistas catalanes. Pero es que, desgraciadamente, no hay otra alternativa dado el atrincheramiento del bloque de la derecha en posiciones irreductibles. Ciudadanos no ha aprendido la lección de su debacle electoral el pasado 10 de noviembre. Y en el PP están más preocupados por la tendencia ascendente de la ultraderecha de VOX que por hacer realidad su posición de partido político con visión de Estado. Es más, Casado pareció ayer el líder de VOX y Abascal, un líder repetitivo y desorientado.

El gran error de los gobiernos de Rajoy fue hacernos creer que la Justicia era la única solución al conflicto político catalán. La Justicia sustancia delitos pero no juzga conflictos políticos. Ahí están las demoledoras sentencias de los tribunales europeos corrigiendo al Tribunal Supremo español. Y lo queda por venir. La Justicia española está tan politizada que corre el riesgo de dejar de ser justa y de no ser equiparable a la media el sistema judicial europeo. Es urgente la reforma de la Justicia, su despolitización y la recuperación del espíritu de Montesquieu.

Lo siento de verdad, pero el discurso de la derecha, de la ultraderecha y de la ultraultraderecha de ayer me heló el corazón. Me siento tristemente machadiano ante un espectáculo que presenta a una España irredenta y cainita. Tampoco me gustó la versión de Iglesias como mamporrero dialéctico del futuro gobierno de coalición de izquierdas. Me gustaba más su imagen moderada de los debates electorales. No hace falta insultar a nadie para defender argumentos.  Ni de un lado ni de otro.

No, no estamos ante la apocalipsis, pero sí es cierto que va a hacer falta mucha paciencia, cintura, mano izquierda, generosidad, renuncias y capacidad de diálogo para sacar adelante una legislatura que, llena de contradicciones, se presenta corta -muy corta-, compleja y muy difícil. Claro que lo mismo se dijo de la Portugal izquierdista hace cinco años y ya van por la segunda legislatura. Ojalá aprendamos alguna vez algo de nuestros vecinos lusos en vez de mirarlos de reojo con aire de superioridad.