Tímidamente y con todas las cautelas del mundo se avanza en el proceso de desescalada del estado de alarma para combatir el coronavirus. Es tremendamente complejo compatibilizar la salud con la economía y dos meses después de implantarse el estado de alarma la evidencia es que tras la crisis sanitaria ha llegado la crisis económica. Y ha llegado para quedarse durante bastante tiempo. Lo primero, indudablemente, es la salud y la reconstrucción del servicio sanitario público, que ha quedado muy dañado y mermado. Un sistema que no se puede basar en el heroísmo de sus profesionales sino en la dotación de recursos humanos y técnicos. Más inversión pública y menos demagogia.  A ver si de una vez por todas, como diría Joaquín Costa en el siglo XIX, cerramos bajo siete llaves el sepulcro del Cid. Menos épica y más planificación. Menos aplausos y más medios. Mejores salarios y menos precariedad laboral. Menos ocurrencias y más ciencia.

En el  mundo de la economía sucede tres cuartos de lo mismo. Los ERTEs son un parche para una situación excepcional, pero no se pueden mantener eternamente. Una economía permanentemente subvencionada sólo garantiza atraso y pobreza. El listón hay que ponerlo alto, no cuanto más abajo mejor. Por eso es importante planificar con ambición y bajo criterios rigurosos la reconstrucción. Esta semana se ha elegido en el Congreso de los Diputados al diputado socialista Patxi López como presidente de la Comisión por la Reconstrucción, un sucedáneo de los nuevos pactos de La Moncloa que  nuestros políticos no han tenido el valor ni la inteligencia de poner en marcha. Pero, bueno, menos es nada. López es, al menos, de lo poco salvable en materia humana de la actual política española. Es un referente de moderación, sentido común, inteligencia, maniobrabilidad y experiencia. En su primera intervención no defraudó: “Los ciudadanos nos exigen que ni se nos ocurra por cuestiones partidarias, inentendibles en este momento, deslizarnos por la pendiente del desacuerdo”, añadiendo que “esta Comisión requiere altura de miras, sentido de Estado, unir proyectos, aunar esfuerzos y sumar voluntades”.

Claro, ahora hay que pasar de las musas del teatro, de la teoría a la práctica, de las ideas a los hechos. Vamos a dar un voto de confianza, aunque la urgencia es notoria. España está contra las cuerdas económicas y hacen falta consensos inmediatos sobre los que planificar la reconstrucción. La decisión del Eurogrupo de esta semana de poner a disposición de España hasta 24.000 millones de euros en créditos muy baratos, a largo plazo y sin vigilancia de los señores de negro, es un alivio. Al igual que la financiación que España ha logrado esta semana en los mercados internacional de más de 14.000 millones de euros a precios asequibles, gracias a la acción del Banco Central Europeo que mantiene la prima de riesgo española muy contenida. Pero, claro, todo esto es deuda y más deuda, que hay que devolver, algo que, por lo visto, lo harán  nuestros hijos y nietos, con lo que ese plazo representa de lastre financiero y de pérdida de competitividad.

En este sentido, desde las multinacionales españolas (Repsol, Telefónica) se hace un llamamiento para que la reconstrucción se haga apostando por la reindustrialización y la exportación. El axioma es claro: Sin industria es muy difícil que aflore la inversión, el desarrollo tecnológico y el diseño. Un buen consejo, toda vez que esta crisis ha demostrado la vulnerabilidad que supone depender de China, hasta ahora la fábrica de mundo. Es urgente volver a fabricar en España y a recuperar el “made in Spain”. El modelo de sol y playa puede y debe ser complementario, pero el motor de la recuperación debe ser la industria basada en la tecnología, innovación, investigación y en el talento local. Bueno y en enterrar de nuevo bajo siete llaves al Cid.