Erik el Belga/ Diario Sur de Málaga

A Rene Alphonse van der Bergue, más conocido tristemente como Erik el Belga, le gustaba la provincia de León. Y le preocupaba el grave deterioro de gran parte del patrimonio histórico de la provincia y, sobre todo, el desinterés que mostraba no sólo las autoridades sino los ciudadanos en general. “No lo entiendo”. Me lo decía desplegando una ancha sonrisa. La cita fue en una tarde veraniega en un hotelito a las afueras de Mansilla de las Mulas, en la carretera que conduce a Cistierna. Era 2006. Estaba acompañado por su secretaria y abogada, una guapa mujer del  norte de África. Su imagen no correspondía a la que fabrica la imaginación sobre un ladrón de obras de arte, mejor dicho, sobre el mayor ladrón de obras de arte de Europa. De mediana estatura, con gafas de culo de vaso y con un bigote y melena blancos, como señas de identidad. Hablaba un correcto castellano con acento extranjero. Se mostró amable, cordial, simpático, como si nunca hubiera robado nada en su vida. Gran conversador y, sobre todo, gran conocedor del mundo del arte y de la historia. A pesar de que llevaba ya varios años retirado del oficio de ladrón de obras de arte su manía seguía siendo traducir a dinero el valor de cualquier obra de arte. Estuvimos varias horas en la terraza exterior de este hotelito, hoy convertido en club de alterne.

Esa tarde se había acercado a visitar el monasterio de San Miguel de Escalada. “Es tan fácil robar en España”, resumía su valoración sobre ese monasterio. Y eso que en su interior ya no queda nada de interés. “Salvo las columnas”, apostilló. Y Erik el Belga propuso a lo largo de aquella conversación un peligroso experimento: retirar una noche un par de columnas de Escalada y llevarlas al centro de la capital leonesa. “Llamo a una gente que conozco y lo hacemos en un momento. No se enterará nadie”. Era su modo de denunciar la desprotección cuando no abandono del patrimonio histórico de León. “A ustedes  no les importa nada el arte”, aseguraba. Era una manera de justificar sus fechorías. Él prefería que las obras de arte estuvieran en manos de entendidos que las supieran disfrutar, aunque fuese en privado.

Aquel viaje a León estaba motivado por dos razones. La primera era convertirse en marchante de un par de coleccionistas leoneses de obras de arte, que querían desprenderse de algunos de sus tesoros. Erik el Belga, ya rehabilitado, trabajaba desde Málaga como intermediario en el mundo del arte, anticuario, marchante, experto, tasador y hasta como pintor. De aquella visita, Erik el Belga se llevó a Málaga varias decenas de obras de arte de esos coleccionistas leoneses para su venta. No sé si al final hicieron negocio.

El segundo motivo era ofrecer a la Obra Social de Caja España una colección de históricos esmaltes franceses que él guardaba en una serie de cajas fuertes en bancos galos para montar en León un museo o una especie de fundación. Alguien le había recomendado que hablase conmigo, ya que en aquel entonces yo era el director de Comunicación de la Caja. “¿Son robados?”  pregunté ingenuamente a mi interlocutor. Sonrió, abrió los brazos como si fuera a echar a volar y encogió los hombros. No hubo opción a seguir hablando más. La proposición era una locura. Él quería lavar o limpiar su conciencia y utilizar en ese centrifugado a Caja España.

Aparcada esa proposición indecente seguimos hablando de sus experiencias y recuerdos. Quizá porque estábamos en León, él prefería centrar sus recuerdos en la vecina diócesis de Astorga. “Me llevé camiones enteros de obras de arte de esos pueblos y los saqué por la frontera francesa sin problemas. De la mayoría de esas obras tenía factura”, aseguró con aplomo. La razón era muy sencilla, los obispos de las décadas de los sesenta y setenta del pasado siglo y muchos párrocos se  encontraban en el dilema de vender parte de su patrimonio artístico o dejar caer los tejados y torres de sus iglesias. Así que muchos optaron por vaciar sacristías y trasteros y ofrecer las tallas, cuadros y orfebrería a Erik el Belga a precios de saldo.

Pero para El Belga esas compras de obras de arte menores era calderilla. “Los grandes robos siempre fueron por encargo”, aseguraba como justificando sus fechorías. En León no llevó a cabo ninguno de esos grandes robos. España es muy grande y en aquellos años se había convertido en una auténtica almoneda y, además, “las medidas de seguridad eran irrisorias. Era muy fácil robar en aquellos tiempos”.

El escritor leonés Julio Llamazares escribiría luego un magnífico reportaje en el dominical de El País sobre las andanzas de este ladrón de obras de arte, en el que los robos en la Maragatería y Diócesis de Astorga ocupaban un lugar principal. El Belga presumía de su buena relación comercial con algunos de los obispos maragatos de entonces.

La conversación concluyó a altas horas de la noche y varios güisquis después. Fue un encantador de serpientes y aquella noche decidí utilizar la figura y las andanzas de Erik el Belga como eje central de lo que luego sería mi novela corta “La cámara de san Sisenando”, en la que un famoso ladrón de obras de arte da el cambiazo de vidrieras falsificadas por auténticas en la catedral de León con la connivencia de parte del Cabildo. Quién iba a pensar que años después  se descubría que algo parecido había sucedido de verdad con las piezas del rosetón de la fachada principal de la Catedral. Y es que, como resumen de la conversación con Erik el Belga, la realidad siempre supera a la ficción. Y sobre todo en León.