No me ha gustado la película “Mientras dure la guerra” de Amenábar. Lo siento. Tenía tantas expectativas, que me ha defraudado. Y mucho. Más que una película sobre Unamuno parece una recreación sobre el ascenso al poder absoluto del general Franco (Franquito) en el bando de los sublevados en julio de 1936. Hay mucha pose y cartón piedra. Falta intensidad. Hasta es floja como clase de historia.

Y, por supuesto, no es creíble algún análisis comparativo entre lo que la película describe sobre al golpe militar de 1936 y la situación política española actual. Rebuscando mucho se puede encontrar un fino hilo común. En la película hay un momento en el que su director recrea la famosa escena de Goya de “Duelo a garrotazos”. Desde una loma, desde la que se divisa la ciudad de Salamanca, Unamuno y su amigo y profesor de la Universidad, Salvador Vila –luego asesinado por los franquistas-, discuten acaloradamente, de pie y con  la sensación de que tienen las piernas enterradas hasta la rodilla. Salvador Vila defiende la legitimidad de la República, sus fundamentos democráticos y la posición progresista de la izquierda. Unamuno, por su parte, trata de mantenerse equidistante, pero critica duramente a la República por sus excesos y por no cumplir las promesas de grandes reformas que había formulado en 1931. Eso le llevó a apoyar a los militares sublevados al principio de la guerra.

Hoy, ese “Duelo a garrotazos” de Goya sigue siendo una imagen actual de la política española. Ese encastillamiento de posiciones y la ausencia total de diálogo es la causa directa del bloqueo político y de la repetición de las elecciones este 10-N. Duelo a garrotazos entre Sánchez e Iglesias o entre Sánchez y Rivera o entre Sánchez y Casado. Mantenerla y no enmendarla. España, en pleno siglo XXI, es el único país de Europa, junto a Malta, que nunca ha tenido un gobierno de coalición. Y lo peor es que todo hace presagiar que las elecciones del 10-N no van a solucionar esta situación de bloqueo. Ya veremos. Más garrotazos.

El final, la controvertida escena del enfrentamiento entre Unamuno y el general Millán Astray, en el Paraninfo de la Universidad, es lo que salva esta floja película de Amenábar. No está claro si de verdad Unamuno pronunció la célebre frase de “Venceréis pero no convenceréis” dirigida al general fundador de la Legión, pero esta tremenda escena redime a Unamuno, devuelve su mente y su figura al terreno de la verdad y de la legalidad democrática. Pero para este final –ya superconocido- no hacía falta tanto derroche de superficialidad.

Y es precisamente esta célebre frase “Venceréis pero no convenceréis” la que une aquel tremendo verano del 1936 con la actualidad. Aunque en planos distintos. Ahora es sólo política, entonces era una brutal guerra civil. Ahora el ciudadano, estupefacto, por el persistente bloque político y por la falta de soluciones grita, mirando a los ojos a los representantes de la clase política, “venceréis pero no convenceréis”. Ganará Sánchez, según los sondeos del mago Tezanos, pero ¿convencerá? Podrá ganar la suma de las derechas, pero ¿convencerán? ¿Por qué van a convencer después del 10-N si, unos y otros, no lo han hecho en estos meses de la más improductiva legislatura de la democracia española?

Me quedo con el entusiasmo del profesor Santiago Vila y con el sentimiento trágico de la vida de Unamuno y con sus contradicciones y dudas intelectuales y humanas. Unamuno fue víctima del tiempo que le tocó vivir. No lo repitamos.