Sí, hay que estar satisfechos y hasta orgullosos como españoles por el resultado del Consejo Europeo celebrado hace unos días en Bruselas. España salió muy bien parada: 140.000 millones de euros para la reconstrucción de la economía nacional tras la crisis del coronavirus. Un poco menos de esa cantidad serán aportaciones directas o subvenciones; el resto, préstamos a bajo interés. He escrito mucho en los últimos domingos sobre este tema y confieso que no me esperaba este excelente resultado. Los calvinistas del norte sucumbiendo ante la sociedad de la expiación católica. Como hace quinientos años. Claro que ahora, la clave no ha estado en los correosos tercios sino en el moderno eje París-Berlín, el nuevo centro del poder europeo tras el vergonzoso repliegue de los británicos.

A pesar de la lluvia de millones, no, a los españoles no nos ha tocado la lotería. Ese dinero está ahí, pero con condiciones; ventajosas y cumplibles, pero condiciones. Algún día conoceremos los pormenores de esa cumbre europea que ha durado cuatro días y cuál ha sido de verdad la intervención del presidente español Sánchez. Suena a una reedición de los históricos y desastrosos pactos de familia hispano-franceses, esta vez con el beneplácito de los alemanes.  Pactos en los que España siempre tuvo las de perder. Ya se verá.

Para que España acceda a esa morterada de dinero debe de presentar una serie de planes de actuación y de inversión rigurosos y escrupulosos. En los últimos años, con gobiernos de PP y PSOE, España ha dilapidado los tiempos de bonanza, de alto crecimiento y bajos tipos de interés. A pesar de la bonanza, esos gobiernos no hicieron las reformas estructurales que este país viene demandando dese hace décadas, tampoco se logró controlar el déficit ni la deuda pública. Mejor no hablar de la vergonzosa tasa de pobreza, de la precariedad laboral, los bajos salarios de los jóvenes y la deslocalización del talento.

Así que ahora, Europa nos exige que nos pongamos las pilas, que seamos un país serio y que nos vistamos por los pies; es decir, que hagamos las reformas pendientes (pensiones, educación y sanidad), que invirtamos de forma productiva, seleccionando los sectores con proyección de futuro, como los tecnológicos y los medioambientales. Hay que invertir en formación y en energía verde y en procesos de reindustrialización coordinados con el resto de Europa para dejar de acudir continuamente a China, como la única fábrica del mundo. Ecología, ciencia, investigación, formación, educación y sanidad. Ya está bien de alardear que somos el primer país del mundo con más bares por número de habitantes.

En definitiva, estos acuerdos son casi la última oportunidad para europeizar España de verdad, para dejar de ser los eternos pícaros pedigüeños y graciosos. No, no se trata de convertirnos al calvinismo, pero sí de echar siete llaves al sepulcro del Cid (Joaquín Costa). Y la primera prueba de fuego serán los próximos presupuestos generales del Estado. España no puede ir a Europa con otra prórroga de los presupuestos elaborados por el ministro Montoro, del gobierno Rajoy. Hay que llegar a acuerdos, pactos y consensos si queremos que Europa nos entregue ese maná multimillonario con agrado. O volveremos a las andadas.

España también ha tenido que hacer cesiones. No es oro todo lo que reluce. Vamos a ver qué pasa con los recortes de la PAC o con el fondo de transición justa para las comarcas mineras o con el recorte en los presupuestos de la Unión Europea para los próximos siete años, en los que países como Holanda han visto incrementar su cheque descuento como país contribuyente neto. Por no hablar de política. En este caso los países del norte y del sur han tenido que taparse las narices y evitar censurar a estados como Polonia o Hungría en plena deriva reaccionaria en algunos derechos fundamentales del ciudadano. La pela es la pela y los derechos humanos son literatura.