Seguimos instalados en las ocurrencias. ¿Pero es que no hay nadie ahí fuera que antes de hablar piense, medite, planifique y diga algo sensato? Esta semana la Cámara de Comercio de León anunciaba a bombo y platillo una teleconferencia con el doctor en Economía Gay de Liébana, cuya disertación algunos medios de comunicación, que aseguran haberla seguido hasta el final, resumían en un titular significativo: “El Gobierno está matando a las empresas”. La solución al genocidio empresarial la tenía claro este economista: un Gobierno sin políticos, integrado por sabios, tecnócratas y empresarios. Las caceroladas del Barrio de Salamanca de Madrid o de los alrededores del edificio de San Agustín de la capital leonesa, legítimas, claro está, parecen mejor solución que la de este prestigioso gurú. Uf.

Bueno, es sólo una anécdota pero significativa del clima de desorientación, miedo y angustia que la crisis económica está provocando en la sociedad en general, sensaciones que se transmiten en cascada desde un Gobierno central que improvisa y rectifica constantemente cuando no se queda a medias en la mayoría de sus decisiones. Y esta forma de gobernar parece que es contagiosa porque es la misma que se practica desde la Junta de Castilla y León, por no hablar de otros gobiernos autonómicos. La Junta echa la culpa de su ineficacia a los incumplimientos del Gobierno central y éste, a las eternas dudas y retrasos de la Unión Europea. Todos escupen para arriba. Y todos, claro está, responsabilizan a un coronavirus que nadie esperaba y que está haciendo estragos en las economías de todos los países del mundo. Nadie tiene una fórmula mágica. Todos practican el ensayo-error-rectificación. Y es que no hay otra estrategia ante un enemigo absolutamente desconocido pero certero en su mortal eficacia.

Apela como solución el presidente del Gobierno español en sus alocuciones sabatinas a la unidad, al diálogo y al consenso entre partidos políticos. Está bien, pero debería comenzar dando ejemplo y actuar de verdad en ese sentido no cuando tiene la soga en el cuello –políticamente, hablando- si no mucho antes. La mayoría de los líderes políticos nacionales se enteran de las propuestas y planes del Gobierno por los medios de comunicación. No hay un diálogo previo y sincero, ni voluntad cierta de consenso, por lo que la respuesta es la que es: protestas, descalificaciones, enfrentamientos y riesgo de caos.

Afortunadamente vivimos en una democracia parlamentaria, pero la imagen que todos los miércoles se transmite desde el Congreso de los Diputados en las sesiones de control al Gobierno es para echar a correr y no parar hasta la frontera portuguesa y pongo como ejemplo a Portugal, país, cuya clase política está demostrando más responsabilidad, sentido de estado, praxis, unidad y altura de miras que España y con mucha diferencia.

Estos son, por desgracia, los mimbres con los que tejer el anunciado Pacto por la Reconstrucción, cuya expectativa de vida se antoja muy corta. Es cierto que la pandemia dobla la curva maldita aunque más por agotamiento que por medidas terapéuticas,  a la espera de futuros rebrotes; pero también es verdad que la reconstrucción económica se afrontará en España al socaire de la recuperación europea. Como siempre. Los eternos ciclos: las crisis económicas mundiales en España son más agudas y las salidas más lentas y precarias. Alguna vez habrá que romper este círculo vicioso maldito, pero nada hace indicar que vaya a ser en esta ocasión.

Y lo grave es que unos y otros deberían ser conscientes de que no juegan con números, cifras, presupuestos y frías estadísticas sino con víctimas, enfermos, con personas que han perdido su empleo, con familias desprotegidas, con gente que pasa hambre, con su dolor y  sufrimiento  y con la angustia colectiva de un futuro incierto por la falta de un claro liderazgo y de unas soluciones consensuadas. No, no se ve el horizonte, aunque todos pasásemos de golpe a la Fase 3 o a la que sea. Ahí fuera sólo hay frío y miedo.