En 1941, cuando Inglaterra iba perdiendo claramente la guerra contra Alemania su primer ministro, Winston Churchill, formó un equipo de expertos para planificar la reconstrucción de su país después de la victoria. Esa es la actitud. Hoy, en 2020 estamos en plena guerra mundial biológica contra un enemigo común. Y, sí, el primero es el frente sanitario, doblegar a la famosa curva para que no colapse el sistema sanitario y se pueda atender con eficacia a los enfermos. Pero, al mismo tiempo, como segunda prioridad, está la planificación del futuro inmediato porque, sin duda, de esta crisis vamos a salir más temprano que tarde.

Es pronto para analizar el futuro inmediato, pero todo hace indicar que esta crisis sanitaria va a tener como consecuencia un nuevo modelo económico. La brutal crisis económica de 2008, cuyas consecuencias aún estamos pagando, trajo consigo la reordenación del sistema bancario mundial, sobre todo en España, donde desaparecieron las cajas de ahorro. Fue un problema de liquidez, lo que provocó la quiebra de muchas empresas y el despido de millones de trabajadores. Aún hoy sufrimos las consecuencias de esas quiebras: más desigualdad social, bajos salarios, precariedad laboral, emigración del talento joven, expulsión de la experiencia del circuito laboral y brutales recortes en servicios básicos como Educación y Sanidad.

Bien, en la actual crisis parece que no va  a haber un problema de liquidez. La Unión Europea y la Reserva Federal de los USA han regado con cientos de millones de euros los mercados para que el dinero no deje de fluir por las venas del capitalismo mundial. Por otra parte, la decisión de Bruselas de comprar masivamente deuda de los países europeos ha logrado rebajar la prima de riesgo y, por consiguiente, dejar abiertos los mercados internacionales de deuda, lo que favorece la financiación de España. Estas medidas han logrado contener la caída de las Bolsas de todo el mundo, aunque el daño ya está hecho. Cientos de millones de euros de ahorro familiar y empresarial han quedado atrapados en las Bolsas, con unas minusvalías brutales. La descapitalización de empresas, entidades financieras, profesionales, familias y autónomos es un riesgo añadido. En pocos días muchas familias han perdido sus ahorros y muchas empresas sus fondos de reserva. La solución es cruzar los dedos y esperar a que las Bolsas vuelvan a subir y para eso hace falta un cambio de tendencia no económica –que sí- sino de mentalidad y, sobre todo de confianza. Las Bolsas miden emociones y estados de ánimo, no valores económicos.

Pero vayamos al cambio de modelo económico mientras superamos entre todos y desde casa la crisis. España, de golpe y porrazo, ha descubierto el valor económico del teletrabajo. La comunicación telemática ha pasado de ser una moda a una realidad y, sobre todo, a una herramienta eficaz para combatir el parón económico. Trabajar desde casa ya es una realidad. Y trabajadores y empresarios han descubierto que es un sistema que funciona. Hay empresarios, corporaciones, instituciones y profesionales que ya se preguntan que si gran parte de sus empleados pueden trabajar desde casa para qué mantener unas infraestructuras tan grandes y costosas como enormes edificios de oficinas. El riesgo inmediato es que trabajadores en nómina que llenaban esas oficinas se conviertan en autónomos que trabajen en casa, lo que supondría un gran ahorro de costes para los empresarios.

Una consecuencia positiva del teletrabajo puede ser la recuperación de la denominada España Vaciada. Dónde mejor trabajar en casa que desde el pueblo, en un ambiente amable y en un entorno de respeto al medio ambiente. Claro, que para eso hace falta que se repongan los servicios básicos que se han ido retirando de los pueblos en los últimos años. Otro reto inmediato para las mentes pensantes de los distintos gobiernos.