Me indigna la manipulación partidista de la bandera de mi país, la bandera constitucional, la bandera de todos. Me indigna que ahora se vuelva a identificar la bandera de España con el facherío y el pijoterío. Me indigna el uso de la bandera de todos por unos pocos de extrema derecha. Me indigna la apropiación de mi bandera para usos partidistas y me indigna que se utilice la bandera nacional como un trapo arrojadizo partidista por las calles de media España. Me indigna la apropiación por parte de unos radicales de uno de los símbolos de la Transición democrática. Me indigna que se trate de usar la bandera de todos como carné de identidad del buen español. Me indigna cómo se ondea nuestra bandera para resucitar fronteras entre la España y la antiEspaña. Me indignan esos crespones negros en mi bandera como si el dolor que nos desgarra a todos fuese patrimonio de unos pocos. Me indigna que se intenten proyectar mensajes de odio entre españoles con la bandera de España como excusa. Me indigna esta soez y desvergonzada apropiación indebida de un patrimonio de todos los españoles. Me indigna que no hayamos aprendido nada y que lo mismo que hizo el dictador Franco hace décadas ahora lo repitan algunos de los componentes de las generaciones mejores preparadas de la historia de España. Otra vez la maldita piedra del odio. Me indigna que volvamos a tropezar tantas veces con el maniqueísmo de  buenos y malos. Indignante. Y así llevamos ¿cuántos años?… ¿200, 250 años?

Hay que dejar la bandera de España al margen de la crítica política. No se tiene más razón al criticar al Gobierno de Sánchez por ondear más alto y más veces  la bandera de España. Es el momento de que las banderas españolas ondeen a media asta en señal de duelo. Y nada más. A ver si comprendemos de una vez que la bandera de España no es el arma arrojadiza y cainita de unos contra otros.

Hay mil maneras democráticas para manifestar y hacer evidente el cabreo legítimo contra la gestión del Gobierno de Sánchez y de Iglesias. Ni en un estado de alarma se puede prohibir el ejercicio de la libertad de expresión o el de manifestación, como ha quedado de manifiesto este pasado fin de semana de las calles de media España.  En una democracia se derriba a un gobierno mediante unas elecciones o una moción de censura. Así funciona el sistema: una mayoría sustituye a otra. Y si un gobierno pierde el respaldo de la mayoría ya sabe lo que tiene que hacer, o convocar elecciones o someterse al veredicto del  Parlamento.  Sánchez ya probó recientemente la medicina y se vio obligado a convocar elecciones generales al no tener respaldo para aprobar los presupuestos generales del estado.

Que la oposición agite menos banderas y se estruje los sesos en buscar una sólida mayoría parlamentaria que desplace a la actual tan titubeante y contradictoria. Así de fácil y así de complejo  y trabajoso. Claro, hay que trabajar, planificar y echar mano de inteligencia, astucia, diálogo y muchas propuestas, propuestas y propuestas (homenaje a Anguita) capaces de crear una alternativa real y creíble. Y así se cambian las mayorías. No agitando el peligroso cóctel de pandora de los movimientos callejeros populistas, ni creando climas guerracivilistas o peligrosamente catastrofistas. El miedo es libre y se puede volver contra quien lo atiza. Y el peligro viene de los dos extremos, ojo.

La crisis económica derivada de la pandemia del coronavirus es tan enorme en España que se requiere visión de Estado, liderazgo, estrategias, generosidad y mucho diálogo en base a propuestas que puedan germinar en amplios pactos parlamentarios.  Y en la calle, convóquense todas las manifestaciones que se quieran pero dejemos al margen a la bandera, que, no se olvide, debe ser un símbolo de unión y de orgullo de pertenencia. No hagan que termine por odiar a mi bandera.