Hará falta un tiempo para medir las consecuencias  y calcular la trascendencia de la decisión política del Pleno del Ayuntamiento de León (UPL, PSOE y Podemos) de situarse en la punta de lanza para reivindicar la actualización del viejo Reino de León en una autonomía del siglo XXI y su, por consiguiente, salida del actual ente de Castilla y León. Sin duda, el alcalde, el socialista José Antonio Diez, ha cruzado su Rubicón particular. Ha sido desautorizado inmediatamente por las direcciones federal y autonómica del PSOE. Y ahora habrá que esperar a ver cuántos alcaldes socialistas de la provincia secundan su moción, sobre todo ayuntamientos importantes como Ponferrada, Astorga, Villablino o Cistierna, por poner sólo unos ejemplos. ¿Y la Diputación? ¿Y los grupos parlamentaros socialistas del Congreso y del Senado?

En Salamanca, donde estoy estos días navideños, no acaban de comprender que se utilice su nombre en vano. La moción reivindica una acción política que implica a terceros, como a Salamanca y Zamora, pero sin contar con ellos. La UPL ha presentado candidaturas en las últimas elecciones en estas dos provincias con unos resultados residuales. Insignificantes.

A bote pronto, esta moción recuerda a experiencias fracasadas y a socialistas como Agustín Turiel o Francisco Fernández, quienes protagonizaron intentonas similares, y hoy gozan de una vida tranquila en el ostracismo. Y retrotrae recuerdos de acciones más ambiciosas, como las protagonizadas en el albur de la democracia por el conservador y abogado José María Suárez, y más tarde por el populista Morano o por el veleta De Francisco, todas ellas concluidas en sonoros fracasos y, lo que es peor, en expectativas ciudadanas defraudadas. Morano y De Francisco utilizaron descaradamente el leonesismo en su propio beneficio y el resultado fue una enorme decepción popular.

¿Ocurrirá ahora lo mismo? La verdad es que esta moción tiene un corto recorrido. En el caso de contar con el apoyo de suficientes ayuntamientos, la solicitud deberá ser aprobada por dos terceras partes de las Cortes de Castilla y León, algo que, hoy por hoy se antoja imposible. Luego vendría el debate en las Cortes Generales. En fin,  misión casi imposible.

Ello no quita para reconocer la existencia de un sentimiento legítimo leonesista, de un hecho diferencial ampliamente sentido en los corazones de muchos leoneses. Hace muchos años escribí un artículo destacando el valor político de la conjunción copulativa “y” en el nombre de Castilla y León que identifica a esta enorme autonomía. Esa conjunción reconoce dos regiones, dos identidades,  dos realidades distintas, León y Castilla, con una vocación inicial de andar juntos para conformar un proyecto político en común. Visto lo  visto, ese proyecto o no ha fraguado o es un fracaso rotundo. Y mucha culpa de ese fracaso hay que achacarla al empecinamiento de los líderes políticos de la Junta por copiar el modelo centralista del Estado para  implantarlo en una Comunidad que hasta ahora no tiene más nexo en común que la burocracia.

El gobierno autonómico se equivoca desde hace cuarenta años en imponer la uniformidad y el centralismo más brutal –aquí sí Salamanca y Zamora tienen en común con León ese rechazo al neocentralismo- . Y la evidencia de ese fracaso es el retraso que Castilla y León acumula con el resto de las autonomías y en la falta de respuestas eficaces al efecto de aspiradora que ejerce Madrid y que  ya afecta negativamente a Valladolid, ciudad que ve alejarse su estrategia de ser como Zaragoza en Aragón.

Vamos a dejar la moción de León como un nuevo puñetazo en la mesa de una Junta de Castilla y León convertida en madrastra castellana insensible.  No hay más recorrido.