La Europa de Carbón y del Acero, antecedente de la Comunidad Europea y ahora de la Unión Europea, nació en la década de los cuarenta del pasado siglo para evitar nuevas guerras mundiales a causa del control de materias primas básicas o de las industrias punteras del vecino. Se trataba de poner fin, así, al bucle infernal de tres terribles guerras (franco-prusiana y I y II guerras mundiales) entre países europeos tradicionalmente hostiles como Francia, Alemania e Inglaterra, siempre invitada en beneficio de su interés comercial.

Una generación de políticos europeos y europeístas única e irrepetible, integrada por nombres como Churchill, Monnet, Adenauer, Gasperi, Shuman o Spaak, entre otros, de ideología democristiana, liberal o socialdemócrata, olvidaron viejos contenciosos históricos y, superando ideologías, sentaron las bases de la moderna Europa, basada en la unión comercial, industrial y en la defensa de la democracia y de los derechos humanos. Se trataba de construir una Europa solidaria, sin fronteras ni barreras de ningún tipo. Una Europa capaz de crear una alternativa propia entre el ultraliberalismo de Washington y el comunismo de Moscú. Luego vendrían toda una serie de tratados hasta conformar la Unión Europea, cuyos retos últimos eran la unión fiscal, tras conseguir el éxito que nadie esperaba: la unión monetaria con el euro.

Pues bien, esta realidad se resquebrajó con la crisis económica de 2008 y la Unión Europea se dividía en tres bloques irreconciliables: Los ricos del Norte, los pobres y rescatados del Sur y los recién llegados del Este, casi todos ellos bajo la órbita alemana. En esa crisis, los ricos del Norte impusieron durísimas condiciones a los países del Sur para equilibrar su economía. El ejemplo de Grecia es paradigmático. De esa postura intransigente y poco solidaria fueron las medidas de recortes y austeridad impuestas a los países del Sur, lo que se ha traducido hasta hoy en desigualdad social, erosión de las clases medias, nacimiento de los populismos, empobrecimiento de los mayores, precariedad laboral para los jóvenes y unas condiciones de pago de deuda que aún asfixian las economías nacionales.

Los países del Sur se apretaron el cinturón, con el consiguiente deterioro de sus servicios, como la Sanidad o la Educación. Eso sí, el poderoso Norte, atento a la recuperación de los obedientes países del Sur y nada más que fueron recuperando sus niveles de consumo, les ofrecieron las neveras, los coches y los televisores que ellos fabricaban. Al mismo tiempo, que obligaban a desindustrializar estos países cerrando sus minas, las térmicas y sus altos hornos y poniendo cuotas a sus productos agrícolas, más baratos en el Sur que en Norte. La eterna lucha entre el Norte calvinista y el Sur católico.

Ahora, el rico, poderoso e insolidario Norte europeo quiere repetir la misma historia cuando los países del Sur han vuelto a llamar a las puertas de la solidaridad de la Unión Europea en busca de auxilio y ayuda para frenar la pandemia del coronavirus y sus efectos económicos. Y la respuesta ha sido la misma: NO, con mayúscula. El Norte quiere repetir la jugada: si queréis ayuda económica ya sabéis el camino, dinero condicionado a ajustes, apretones de cinturones, sacrificios, nuevas desigualdades, más pobreza, recortes de servicios básicos y todo ello, claro está, con intereses.

En la reunión telemática de la noche del jueves de los jefes de Estado y primeros ministros, el presidente español se plantó, secundado por el primer ministro italiano y respaldado por otros nueve países, entre ellos Francia y Portugal. La dura germana Merkel, atónita, por la rebelión del Sur amenazaba con que jamás Europa tendrá los coronabonos, como medida financiera solidaria para afrontar los gastos de la pandemia.

Alemania, Austria y Holanda lideran esta vez el bloque del Norte, con economías más saneadas y equilibradas que las del Sur. El ministro de finanzas holandés, Hoekstra, pidió una comisión de investigación en países como España para averiguar porque  no tenían margen presupuestario para hacer frente a la pandemia, como si el virus éste fuera un algoritmo matemático como la falta de liquidez generada en 2008 por la crisis de la Construcción y la quiebra de las cajas de ahorro.

Frente al insolidario holandés, la respuesta contundente, precisa y clara del primer ministro portugués, Antonio Costa, quien calificó al ministro del Norte de RE-PUG-NAN-TE, silabeando la palabra.

Conclusión: O hay acuerdo, ayuda y solidaridad entre el Norte o el Sur, o la Unión Europea saldrá de esta crisis rota. Una auténtica oportunidad para países como China y Rusia, siempre deseando llenar el vacío que en esta ocasión puede provocar Alemania y sus vecinos ricos. Gran Bretaña ha abierto el camino con su Brexit. El Sur, a la desesperada, puede provocar un terremoto y un realineamiento de alianzas. Ay, si los padres de la unión de Europa levantaran la cabeza… ay.

(En la fotografía, los padres fundadores de la Unión Europea/archivo)