El Tribunal Constitucional había advertido ya en un par de ocasiones a los gobiernos de Rajoy  que sus sentencias no eran la solución a los problemas políticos, en referencia a la cascada de recursos que le llegaban contra decisiones políticas del parlamento o del gobierno regional de Cataluña. Han pasado los años y el Tribunal Europeo de Luxemburgo acaba de dejar bien claro que no sale gratis usar a la Justicia como arma política. Lo que ha envalentonado aún más al independentismo catalán y reactivando el bucle de acción-reacción interminable.

A las puertas de clausurar este desafortunado 2019, convertido en un inútil carrusel electoral, la política ha sido incapaz de encauzar no sólo el problema catalán sino la propia gobernabilidad de España. Sigue sin haber gobierno, ni presupuestos, ni pactos de Estado por la Sanidad o por la Educación, ni reforma de las pensiones; por no haber no hay la más mínima coincidencia entre los grandes partidos políticos sobre el diagnóstico de los males que aquejan a España. Sí, el problema territorial es muy grave, pero no es el único.

Así que, a Sánchez, el en funciones eterno, no le ha quedado más remedio que aplicar el dicho de Cela de resistir es vencer, atarse al palo mayor del navío del gobierno, amenazado por varias vías de agua y por terribles tempestades, y esperar a que amaine. Y su única esperanza sigue estando en la gracia de quienes para evitar un mal mayor están dispuestos a echar una mano, pero, ojo, sin renunciar a su objetivo último y definitivo: la independencia y el uso del referéndum como herramienta para conseguirlo. Eso es lo que le han dicho este sábado los catalanistas de ERC a Sánchez. Un caramelo envenenado. A ver cómo lo administra.

Al final quizá haya investidura. Por los pelos y en el último segundo del partido. Nadie quiere unas terceras elecciones en las que se confirmaría el ascenso de los únicos que van a sacar provecho de todo este maremágnum: Vox y los populistas de todos los colores. Y los nuevos partidos cantonalistas. Sánchez debe contemplar horrorizado el mercadeo de concesiones en que se ha convertido la negociación de la investidura. No para de sacar la chequera para contentar no sólo a catalanes y vascos sino a canarios, turolenses, cántabros, gallegos, valencianos, navarros y otros. Un equilibrio muy inestable porque falta que hable la mayoría silenciosa. Por ejemplo Madrid.

La Comunidad de Madrid se ha convertido ya en la locomotora de la economía nacional. Un enorme polo de atracción. Ya crece más y genera más riqueza que Cataluña, una tierra a la que ya le está pasando factura el desgaste del proceso independentista. A la chita callando y con una política fiscal muy agresiva, Madrid acapara la inversión internacional y recoge a los empresarios que huyen de la quema catalana pero también de las provincias de interior, cuya baja actividad económica les expone en demasía a una visibilidad y a un  protagonismo que ni desean ni buscan. Mejor adentrarse en el anonimato multitudinario de la megapolis de Madrid que ser visibles en tierras de interior, como, por ejemplo, de León, de las dos Castillas o de Extremadura.

No, no va ser esta Navidad una promesa de paz. Lo va a ser de incertidumbre. Menos mal que nos queda la salud en un día que nos jugamos todo a la lotería. Así somos.