Sólo hay una certeza sobre el desarrollo de la pandemia del coronavirus: solo se acabará cuando haya una vacuna eficaz. No hay otra solución. Ni sanitaria, social o económica. La pandemia es un ataque frontal y global. No solo destruye la salud de las personas sino que arrasa sus economías. Y  no solo ataca el bienestar de los ricos sino el de los menos afortunados y el de las clases medias. No distingue de razas, ideologías o creencias. Ni fronteras. Esta vez no sirve de nada sacar a la patrona del pueblo en rogativa por las calles y los prados. Al revés, la pandemia cierra las iglesias. Este maldito virus es cruelmente democrático, iguala a todo el mundo por el rasero del miedo y de la incertidumbre. Nadie está a salvo.

Este es el panorama de este triste mediados de agosto. Y la última vuelta de tuerca en busca de una solución lo hace aún más sombrío: cierre del ocio nocturno, prohibido fumar en la calle a menos de dos metros de distancia con otra persona, echar la trapa de restaurantes a las 01:00h, nada de botellones, mascarilla más obligatoria que nunca, reuniones familiares bajo sospecha y miedo, mucho miedo. Lo único positivo –si es que hay algo- es la vuelta a la uniformidad a la hora de tomar medidas contra el virus en esta España de las autonomías, en la que cada gobierno autonómico compite en anunciar la mayor ocurrencia posible para hacer frente la pandemia. Como el ejército de Pancho Villa. Claro y así nos ha ido, el histórico optimismo español nos hizo confundir la mejoría con la victoria total en la lucha. Hicimos bien el confinamiento, sí, muy bien –con sangre, sudor y lágrimas, como mandan los cánones- , pero derrochamos el capital ganado en una mala administración de la nueva realidad. Y vuelta a empezar.

Ahí están los datos sanitarios: crecen los rebrotes como hongos por toda España. Y los datos económicos: la economía española es la que más retrocede (-18,5%) de la Unión Europea (-12,1% de media). Sólo los británicos, ya fuera de la UE, caen más que nosotros. Un triste consuelo. La economía europea y sobre todo la española se mantiene viva, muy enferma pero viva, gracias a la barra libre del Banco Central Europeo (BC), dispuesta a inyectar liquidez a gobiernos y a bancos hasta que sea necesario y al anunciado plan Marshall de la Unión Europea para inyectar 1,2 billones de euros en los próximos años para reconstruir la economía en base a nuevos parámetros y objetivos.

El virus ha rematado a la vieja Europa del carbón y del acero y sienta las bases de una Europa más sostenible y tecnológica. La pandemia ha supuesto la caída del muro analógico y de la economía tradicional. Quién iba a decir que este maldito virus iba a ser el mejor aliado para luchar contra el cambio climático, con permiso de los Bolsonaros y Trumps de turno. Negacionistas siempre los ha habido. No hay nada más que recordar que la Iglesia católica no rehabilitó a Galileo hasta finales del siglo XX. Y no estoy seguro que lo haya hecho aún con Servet.

Pero sin vacuna no hay solución. Y la amenaza es que todos estos rebrotes que se vienen acumulando no sólo en España sino en toda Europa se conviertan en una segunda oleada de incalculable alcance. No, salvo catástrofe sanitaria no habrá un segundo confinamiento generalizado. La economía europea no lo aguantaría. Ni ya habría recursos para reconstrucción alguna.

No hay más remedio, pues, que convivir con el virus y adaptarnos a esta especie de trágico juego del ratón y el gato hasta que llegue la vacuna. De ahí la necesidad de hacer lo que único que podemos hacer los ciudadanos: aceptar nuestra responsabilidad individual. Cuidarnos  nosotros mismos es cuidar de los demás. Otro día hablamos de los gobiernos y de sus responsabilidades, pero ahora es el momento de los ciudadanos. De  la responsabilidad individual.