Debe ser hora de aplicar las lecciones aprendidas de la crisis económica de 2008, cuyos efectos aún perduran. Aquella crisis fue de liquidez. Estalló la burbuja de la Construcción, quebraron las cajas de ahorro y los bancos cortaron el crédito. Miles de empresas cerraron por asfixia financiera y millones de trabajadores se fueron al paro. Fruto de esa crisis es la actual precariedad laboral, el aumento de las desigualdades, el empobrecimiento de la clase media,  la falta de oportunidades para los jóvenes y el consiguiente exilio del talento y la marginación laboral de los mayores de 50 años. De esa crisis se medio salió aplicando el rodillo de bajar los salarios y poniendo en vigor una medidas de recortes en sectores claves como la sanidad o la educación, que aún hoy seguimos pagando. De aquella férrea austeridad se deriva ahora la falta de músculo económico y financiero de las empresas, de los profesionales y de los autónomos. Claro, que la Administración no está para lanzar cohetes, con un déficit controlado por los pelos y con una deuda pública que sobrepasa  toda producción económica anual.

Bien, pues estos son los mimbres con los que España debe hacer frente ahora a la nueva crisis derivada de la pandemia del coronavirus. Por de pronto, no se debería volver a caer en el error del inicio de la crisis de 2008, cuando se trataba de disimularla calificándola de suave desaceleración. Un exceso de confianza que aún estamos pagando. Ahora habría que coger el toro por los cuernos, asumir la gravedad de la situación y aplicar medidas eficaces, que nunca deberían pasar de nuevo por los recortes, la austeridad y apretarse el cinturón. Esa política ya sabemos a dónde nos lleva, a seis millones de parados y a la ruina de miles de empresas. Es decir, a una segunda destrucción del tejido económico y empresarial de este país.

El anuncio inicial de Pedro Sánchez de aplazar pagos de cuotas o tributos es un parche, no es la solución. Alemania ha anunciado que está dispuesta a inyectar hasta medio billón de euros para facilitar la liquidez de las empresas, de los autónomos y de las familias. Es decir, una política expansiva. Es cierto que Alemania tiene ahorros y sus cuentas saneadas, con un déficit bajo y una deuda controlada. A España le sucede lo contrario, pero no hay otro camino que el de tirar para adelante. Y quizás en esta alternativa habría que sumar esfuerzos con Italia y Francia para arrancar de la siempre perezosa, burocrática y timorata Unión Europea recursos económicos a extras y fondo perdido. Va en ello la propia supervivencia de la Unión Europea y de la propia idea de Europa.

Sánchez tardó anoche mucho en comparecer ante la opinión pública para dar cuenta de un consejo de ministros que se alargó durante todo el día. Esa duración pone en evidencia las tensiones cuando no divisiones o enfrentamientos entre ministros a la hora de encarar no ya una solución sanitaria a la pandemia sino las propuestas para encarar la crisis económica que se avecina y que puede ser de impredecibles consecuencias. Sí, primero la salud y a ello deben ir enfocados los recursos, pero sin olvidar los efectos económicos, no vaya  a ser que otra vez los más débiles, es decir los mayores, los jóvenes sin empleo, los autónomos, los profesionales y los trabajadores en general sean los paganos.

Sánchez ha emplazado de nuevo al martes, a una nueva reunión del consejo de ministros, para detallar medidas económicas de calado que minimice los efectos de la crisis económica que ya es inevitable. Ya veremos. Ojalá atine.