Crece la tensión política por lo que se aleja la posibilidad de que haya un Gobierno estable antes de que acabe el año. El PSOE es una olla a presión, lo que limita la libertad de acción del presidente Sánchez, quien a estas alturas ya solo contempla como solución un acuerdo con los independentistas catalanes de ERC. Se vuelve a la noria mítica y clásica: pactar con quienes tienen como objetivo destruir España. De ahí que los líderes socialistas de Castilla-La Mancha y de Aragón se muestren reticentes con las exigencias de los catalanistas radicales y con los postulados de los socialistas catalanes, cuyo líder insiste machaconamente en que Cataluña es una nación y respalda con enorme satisfacción un acercamiento con los líderes de ERC.

El posicionamiento del PSOE de Castilla y León ni está ni se le espera. No es relevante en el concierto nacional, quizás porque aquí se prefiere entretenerse en debates más localistas y cantonalistas como el auspiciado por el alcalde de León, quien ha recogido la bandera secesionista del Reino de León de la Comunidad de Castilla y León. El árbol de León no deja ver el bosque de las consecuencias de la crisis territorial e institucional de España.

En este tiempo de tensiones, Sánchez responde como el mago que saca de su chistera conejos, palomas y pañuelos. Ahora se ha inventado una ronda de contactos con todos los presidentes autonómicos para enmascarar su verdadera intención: desdecirse de sus  palabras, incumplir sus promesas electorales y sentarse a la mesa, en una reunión bilateral, con el presidente de la Generalitat catalana, el mesiánico Torra, quien se mueve como un títere impulsado por los resortes que desde la Bélgica de Waterloo mueve Puigdemont. Sánchez está legitimado para hacer lo que considere conveniente, sí, pero también debe dar explicaciones. Si quiere hablar con los presidentes autonómicos, que los convoque a todos en el Senado, dentro de la Conferencia de Presidentes. Y si quiere entablar relaciones bilaterales con Torra, pues que explique primero hasta dónde quiere llegar, bien desde la tribuna del Congreso de los Diputados o, mejor, en un intervención televisiva dirigida a todos los españoles.

Cataluña es un problema de toda España y no debe prevalecer el chantaje emocional de menos de la mitad de los catalanes sobre el resto de Cataluña y sobre toda España. Sí, el problema es muy complejo. Histórico. Pero no se puede afrontar con pases de magia. Es cierto que la única solución pasa por el diálogo, sí, pero que ese diálogo sea transparente y con taquígrafos.

Desde la cárcel, el líder de ERC, Junqueras, insiste en que su partido votará en contra de la investidura de Sánchez si no hay una negociación bilateral entre los gobiernos de España y Cataluña, petición avalada con entusiasmo por el socialista catalán Iceta. En definitiva ¿cuál es el PSOE de verdad, el del catalán  Iceta, el de García Page de Castilla-La Mancha o el de Lambán de Aragón?

Y todo ello, en un contexto de fortalecimiento de los populismos y nacionalismos españolistas y de un debilitamiento de la idea de Europa. El abrumador triunfo electoral del conservador Jhonson en Gran Bretaña no sólo supondrá la salida de su país de la Unión Europea sino el resurgimiento  de los nacionalismos independentistas de Escocia e Irlanda del Norte, dos auténticos espejos en los que se va a mirar Cataluña.